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HOMENAJE A PAUL BOWLES
A modo de
biografía
Fuente: El Poder
de la Palabra

EL NOVELISTA PAUL
BOWLES (EEUU 1910-1999)
Escritor y compositor
estadounidense, nacido en Nueva
York. Antes de terminar el
bachillerato publicó dos poemas
surrealistas en Transition, una
revista literaria internacional.
Tras un viaje a París regresó a
Nueva York para estudiar con el
compositor Aaron Copland durante los
años treinta. En el curso de los
veinte años siguientes Bowles
escribió partituras para numerosos
ballets y compuso la música de
muchas películas y obras de teatro.
En 1938 se casó con Jane Auer,
autora de teatro y novelista. Jane
le animó para que volviera a
escribir y Bowles produjo diversos
relatos y escribió crítica musical
para diversas publicaciones. En 1947
la pareja viajó a Marruecos y se
estableció en Tánger. La primera
novela de Bowles, El cielo protector
(1949), se convirtió en un éxito de
ventas y fue llevada al cine en 1991
por Bernardo Bertolucci. A ésta le
siguieron las novelas Déjala que
caiga (1952) y La casa de la araña
(1955). En ellas, Bowles sitúa a sus
personajes, originarios de Estados
Unidos, en el paisaje del norte de
África para dramatizar la creciente
alienación de estos seres que
sucumben a las drogas y la violencia
y representan la degeneración de la
vida personal en el mundo moderno.
El Diario de Tánger 1987-1989 (1991)
ofrece una crónica de su vida en
Marruecos. Fruto de sus viajes por
África es el libro de notas de
viajes titulado Cabezas verdes,
manos azules (1963). Bowles ha
publicado también varios volúmenes
de relatos, entre los que destacan
Delicada presa (1950), El tiempo de
la amistad (1967) y Relatos
completos de Paul Bowles (1979),
además de libros de poemas y
traducciones de cuentos populares
africanos. En los años ochenta su
obra fue nuevamente revalorizada
multiplicándose las traducciones y
ediciones de sus libros en todo el
mundo.
Muere en Tánger el
escritor Paul Bowles, nómada de la
generación 'beat'. El autor de 'El
cielo protector' hizo del
desplazamiento y el desamor su
materia literaria
ANDRÉS. F. RUBIO
Madrid, 1999-noviembre/
cultura/elpais
Viajero permanente, esposo y amigo
de otra gran escritora, Jane Bowles,
anfitrión en Tánger de William
Burroughs y Jack Kerouac, personaje
esquivo y mítico de la generación
beat, el escritor y compositor Paul
Bowles murió ayer a los 88 años en
un hospital de Tánger a causa de
problemas cardiorrespiratorios (sus
cenizas serán repatriadas a Estados
Unidos tras ser incinerados sus
restos en España). El autor de El
cielo protector, que alcanzó una
notoriedad inesperada tras la
versión cinematográfica de esta
novela realizada por Bernardo
Bertolucci, fue un joven americano
que encontró en Tánger la pasión y
la violencia que marcaron sus obras,
entre ellas Memorias de un nómada y
Muy lejos de casa.
Paul Bowles, nacido en Nueva York en
1910, llegó a la antigua ciudad del
pecado que fue Tánger a los 21 años,
"la ciudad huérfana", como la
definió más tarde. Viajero por
América (vivió en México más de
cuatro años y su español era suave y
preciso), Europa y Asia (donde
compró una pequeña isla en Ceilán),
no se instalaría definitivamente en
Tánger hasta 1952, y apenas la
abandonó salvo para adentrarse en el
Sáhara y en otros lugares de
Marruecos, o viajar a Nueva York y
Madrid para recibir tratamiento
médico o escuchar su música en
concierto. Otro de sus destinos fue
Málaga, donde su mujer desde 1938,
Jane Bowles, autora de Dos damas muy
serias, murió en 1973 tras una
dolencia cerebral que duró 16 años.
Bowles se quejaba, en su apartamento
de Tánger, de una biografía sobre su
mujer cuya autora no retrató a la
Jane de antes de la "horrible"
enfermedad, una mujer divertida y
humorística, de una alegría
desbordante.
Ambos vivieron una especial historia
de amor, por encima de sus
preferencias sexuales, que acabó de
forma dramática -la amistad de Jane
con una marroquí con la que vivió
más de 20 años era considerada por
Bowles como cercana a la posesión
demoniaca, y a veces pensó que esa
codiciosa criada-amante envenenó a
la escritora-. Pero les quedaban los
recuerdos de sus inicios juntos en
plena juventud y belleza; de su
escapada de Estados Unidos, que
ejemplificó el impulso nómada de una
generación; del izquierdismo y su
militancia por unos meses en el
Partido Comunista, y de su
descubrimiento de Tánger, una ciudad
internacional que a Paul Bowles le
pareció maravillosa en su mezcla de
cosmopolitismo y exotismo, "una
ciudad como uno se imagina que debía
de ser Europa en la Edad Media".
Bowles había acudido por primera vez
a Tánger por recomendación de
Gertrude Stein como lugar ideal para
pasar las vacaciones. Ya instalado
allí, sirvió como polo de atracción
de artistas homosexuales o
vinculados a Nueva York y a la
generación beat, como Tennessee
Williams, Truman Capote, Allen
Ginsberg, Jack Kerouac, William
Burroughs, Gore Vidal, Gregory
Corso, Djuna Barnes o Cecil Beaton.
Subían hacia el café Hafa, sobre los
acantilados, y contemplaban el
estrecho fumando kif.
Desintegración:
Bowles participaba de los ideales de
los beat, del humor, la franqueza
sexual, la ecología o el candor
político, pero escorados en su
literatura hacia la oscura
desintegración, el desplazamiento
físico y psicológico y el miedo,
desde su punto de vista la emoción
principal del hombre, "la que mueve
el mundo, más que el amor".
Tánger significó el descubrimiento
del kif, bajo cuyos efectos escribió
páginas de La tierra caliente y de
los relatos de El jardín. En una
carta a Alec France dice: "Podía
escribir usándolo, pero siempre sin
miedo a quemarme, por así decirlo.
En cuanto comprendí esto
desaparecieron todas las pesadillas,
la compulsión y la angst (...)
Solucioné mi problema de todos los
días y por fin encontré placentero
vivir, que es lo máximo que
cualquiera puede desear".
En 1949, Bowles publicó su primera
novela, El cielo protector, "una
historia de aventuras en la que
éstas ocurren en dos planos
simultáneos: en el desierto real y
en el desierto interior del
espíritu". Pasaron 40 años hasta que
la obra, y el propio Bowles,
recibieron un impulso inesperado
gracias al largometraje de Bernardo
Bertolucci, interpretado por John
Malkovich y Debra Winger. La
película le sacó de los apuros
económicos en los que vivía, y
aunque incluso apareció en un
pequeño papel, Bowles la consideraba
fallida: "La parte final es muy
mala, creo que el equipo de rodaje
no veía el momento de volver a Roma
tras todo ese tiempo filmando en el
sur".
El escritor reconocía la inspiración
autobiográfica de los dos
personajes, Port y Kit, que, perdido
el secreto de la felicidad conyugal,
desembarcan en el Sáhara. "El
protagonista masculino es mi
autorretrato, y aunque Jane no
estuvo conmigo en ese viaje, digamos
que la he utilizado como modelo, del
mismo modo que lo hace un pintor".
La película sirvió para que el
escritor fuera redescubierto en su
país, donde se programó su música y
se reeditaron sus libros y ensayos,
se publicaron sus fotografías, una
biografía, sus cartas, un
documental... "¿Qué carrera necesita
un octogenario?", respondía él.

EL CIELO PROTECTOR -
PAUL BOWLES
Recluido en Marruecos, lejano en su
nomadismo interior a realidades tan
duras como la pobreza y la opresión
política, Bowles había renunciado a
la brillantez de la vida literaria y
musical de Nueva York para seguir el
aforismo de Kafka, uno de sus
escritores favoritos: "A partir de
un cierto punto, ya no hay
posibilidad alguna de retorno. Ése
es el punto que es preciso
alcanzar". Alumno de Virgil Thompson
y Aaron Copland, crítico musical, se
relacionó con los surrealistas y
participó del movimiento beat en los
cincuenta y underground en los
setenta. Fue apadrinado por Gertrude
Stein y la protagonista de Adiós a
Berlín, de Christopher Isherwood,
lleva su apellido. Escribió música
para obras teatrales de Tennessee
Williams, Jean Cocteau y Lilliam
Hellman, colaboró con Orson Welles,
John Huston o Elia Kazan; Leonard
Berstein estrenó en 1943 su
composición The wind remains, basada
en Así que pasen cinco años, de
García Lorca...
Indiferente al éxito inicial y final
de un recorrido teñido de penas y
complicaciones en su extenso tramo
medio, Paul Bowles decía en el
desastrado apartamento de Tánger del
que no quiso mudarse: "Ni cuando
esté muriéndome voy a decir que hubo
una época en la que me sentía
maduro, porque uno siempre está
cambiando y nunca llega a nada.
Llegar a algo tampoco es necesario.
Morir sí, todo lo inevitable es
necesario".
Bibliografía en
español
ISIDORO MERINO
Alfaguara y Seix Barral son las dos
editoriales españolas que más
atención han dedicado a la ingente
producción narrativa de Paul Bowles
en los últimos años.

PAUL BOWLES - ARCHIVO
ALFAGUARA
El cielo protector (1949), la novela
emblemática y probablemente la obra
maestra de Bowles, fue editada por
Alfaguara en 1992, al calor de la
popular adaptación cinematográfica
realizada por Bernardo Bertolucci.
La novela cuenta el viaje de un
matrimonio norteamericano, Kit y
Port, y un amigo llamado Tunner al
profundo sur de Marruecos. Bowles
describe magistralmente la dureza y
la belleza del Sáhara mientras narra
el hundimiento total de las vidas de
los protagonistas.
Cuentos escogidos, que también editó
Alfaguara, en 1995, es una selección
de 14 cuentos del magnífico y
prolífico cuentista que fue Bowles.
Es una pequeña selección, porque el
autor decidió dejar fuera unos
cincuenta cuentos más, pero incluye
joyas del género como Un episodio
distante, Delicada presa o Parada en
Corazón.
Otra novela inquietante es Déjala
que caiga, título extraído de una
cita de Macbeth en el que Bowles
describe con su pluma afilada a
numerosos personajes del Tánger
ciudad sin ley que conoció en los
años cuarenta. La editó Alfaguara en
1993.
También en esa editorial está
Cabezas verdes, manos azules (1997),
una recopilación de crónicas de
viajes por el Sáhara, El Rif y
Estambul en las que Bowles se
adentra con la misma maestría en las
costumbres de las tribus del
desierto, los sonidos de la música
rifeña o el ambiente de la vieja
Constantinopla.
Una visión general y muy interesante
del hombre y el creador es Paul
Bowles visto por sus amigos, reunión
de textos de Patricia Highsmith,
Gore Vidal (otro gringo
transterrado), William S. Burroughs
o el español Emilio Sanz de Soto,
que dibuja la compleja personalidad
del gran viajero.
Seix Barral también ha hecho de Paul
Bowles un autor señero en los años
noventa, publicando, por ejemplo,
Días y viajes (1993), Muy lejos de
casa (1992) o la jugosa selección de
cartas titulada En contacto, que
salió al mercado en 1994. Alfaguara
cierra el círculo en 1997 con la
publicación de la novela Misa de
gallo.
Un escritor precoz
y una figura mítica
BARBARA PROBST
SOLOMON
noviembre/1999/cultura/elpais
Paul Bowles fue una figura mítica
para mi generación. Fuimos quizás la
última generación que se tomó el
acto de escribir, y de vivir la vida
que pensábamos que era la vida de un
escritor, como una religión. Bowles
reunía todos los requisitos. A los
18 años había publicado precozmente
su primera obra en la revista
Transition. Como el propio Bowles,
Transition, una idea del poeta y
lingüista Eugene Jolas, tuvo un
comienzo estadounidense y después se
movió hacia París.

Retrato de Paul
Bowles/RUDOLF HÄSLER
Una obra que publicó por entregas la
revista se convirtió en el
Finnegan's Wake de Joyce. El joven
Bowles estaba en compañía de Hart
Crane, William Carlos Williams,
Gertrude Stein y Franz Kafka. Un
comienzo deslumbrante. Después fue a
la Universidad en Virginia, donde
abandonó sus estudios. Se marchó
hacia la orilla izquierda del Sena y
dos años más tarde descubrió el
norte de África.
En la década de los cincuenta todos
leíamos a Bowles: The sheltering sky
y Let it come down. Estaba intrigada
por su trabajo. Al contrario que
Henry Miller, que nos necesitaba a
sus lectores invisibles porque tenía
que sorprendernos, Bowles me
sorprendía como si viviera en otro
planeta. No me necesitaba para que
fuera lectora suyo. Puede que fuera
también su dedicación a la música.
Me asombraba como si estuviera por
encima de las refriegas. Una especie
de Principito. Entonces no podía
pensar que llegaría a conocerle.
Un día, en los últimos setenta,
James Purdy hacía una visita a mi
madre, a la que adoraba. Se
carteaban constantemente y supo que
yo estaba visitando a Juan Goytisolo
en Marruecos. Me habló de su gran
amigo Bowles, a quien había conocido
en sus días de Brooklyn. Cuando Juan
y yo fuimos a Tánger después de una
excursión por el Atlas, le
telefoneé. Bowles nos invitó. Creo
que ya conocía a Juan. Me sorprendió
que viviera en un edificio de pisos
del barrio europeo; me esperaba algo
más exótico.
Tenía varias visitas que estaban
fumando hachís. No quería decirle a
este hombre extraordinariamente
educado, de apariencia ascética,
cuyo acento al hablar se había
convertido en algo no del todo
americano ni británico, que a causa
del asma infantil que padecí era
alérgica al humo del hachís. Busqué
la forma de aspirar oxígeno. Me
asomé a la ventana de la cocina
haciendo como si observara las
vistas de Tánger, inspeccioné las
interioridades de lo que resultó ser
una escobilla del retrete y di
paseos por el pasillo. Juan vino
hacia donde me encontraba y me dijo
al oído: "Dile la verdad para que no
se crean que estamos locos. ¿Para
qué ibas a mirar con tanto
detenimiento su escobilla?".
Volvimos al salón y le dije que era
asmática. Bowles me miró como si
reparara en mí por primera vez.
Abrió todas las ventanas mientras
parecía estar absorto en sus
pensamientos. En un tono diferente,
empezó a hablar de Jane Bowles. Y de
sus innombrables penas.
El cielo sobre Paul
Bowles
EDUARDO HARO TECGLEN
noviembre/1999/cultura/elpais
La verdad es que hasta El cielo
protector nadie se fijaba mucho en
Paul Bowles en Tánger. Es muy fácil
no ser nadie en Tánger, y no parecía
que aquel caballero neoyorquino, de
la cepa cosmopolita, quisiera ser
alguien. Más bien tenía interés en
que los otros fueran alguien: sabía
sacar adelante a un escritor
marroquí como Mohammed Chukri
(tradujo al inglés su novela For
bread alone) o el pintor Yacubi:
entre él y Emilio Sanz de Soto -otro
descubridor- le hicieron exponer en
Nueva York y ahora está en la
colección permanente del Guggenheim.
Fue una especie de amanuense de
Mohammed M'Raabet, con cuya
biografía relatada compuso en texto
que describía como nunca se había
hecho la vida del marroquí
innominado y pobre.

Eduardo Haro Tecglen,
periodista, escritor
A Bowles le eclipsaba su mujer,
Jenny, ahora enterrada en Málaga,
donde murió con la cabeza perdida.
Jenny y Paul Bowles eran una pareja
extraña: vivían entonces puerta con
puerta, ella sostenida -físicamente:
se caía- por una marroquí, la
Cherifa, a la que Paul atribuía
capacidades mágicas y de la que
siempre sospechó que estaba drogando
a su mujer, hasta la muerte. Él, con
un marroquí discreto, que le ayudó
también.
Paul Bowles era, para algunos de
nosotros, un músico que había sido
crítico de fama en Nueva York (su
maestro en París fue Aaron Copland),
que había compuesto seriamente, pero
que luego se había dedicado en
profundidad al estudio de la música
folclórica marroquí, más allá de la
meramente arabigoandaluza que se
estudiaba en los conservatorios: la
de las etnias, la de las kabilas. Su
casa era un archivo impresionante,
en una época en que el grabador de
mano, el casete, no existía y los
magnetófonos eran pesados y enormes:
cargado con ellos recorrió todo el
país, registró y comentó, analizó.
Tengo entendido que la colección se
encuentra hoy en la Biblioteca del
Congreso.
Apenas frecuentaba la vida social.
Recibía en casa: Tennessee Williams,
Burroughs, Genet, Truman Capote.
Estoy hablando de algunos de los más
grandes escritores de este tiempo, y
también de un sexo que en Tánger
hacían manifiesto con más libertad
que en otros sitios.
Todos hablaban con enorme respeto de
Bowles: era uno de ellos, uno de los
que escaparon de Estados Unidos: a
París sobre todo, como la generación
anterior -Miller, Hemingway-, pero
también a Tánger. Decía Bowles que
era un error creer que había elegido
un lugar perdido del mundo para
vivir, porque Tánger podía ser en
momentos determinados la capital del
mundo.
Fue el cine, y un cine
extraordinario, el que descubrió a
Paul Bowles, ya anciano: en 1992 se
publicó el libro Paul Bowles by his
friends, por el editor inglés Peter
Owen: una corona de retratos y
elogios por algunos de los grandes
escritores del mundo (Emilio Sanz se
encargó del entorno español del
escritor).
Comenzó a recibir periodistas,
fotógrafos, biógrafos. No salía de
su asombro: pero no lo aceptó mal.
De España llegó Juan Cruz, director
entonces de Alfaguara -una editorial
a la que prácticamente recreó -y no
se limitó a proponerle contratos
editoriales, sino que le rodeó de
ese afecto que le es propio: procuró
el estreno en Madrid de una ópera de
Bowles sobre García Lorca, le cuidó,
le ayudó.
Había cumplido ochenta y nueve años.
Me contaban de él que estaba
postrado, que se acababa lentamente,
pero que recordaba, que razonaba,
que estaba mentalmente vivo.
El gesto
JUAN CRUZ
Articulo recogido de "El País
digital"
Allí estaba, indolente y echado; a
la entrada de su casa había unas
maletas enormes, depositadas en el
suelo como si ya nunca más fueran a
viajar. Él te recibía desde el fondo
de la casa; la puerta estaba
entreabierta y al entrar veías la
cocina, atestada de cacharros que
parecían compartir la biografía de
un hombre cansado, y después venía
el minúsculo cuarto de baño y, al
fin, el salón oscurecido y grande en
el que cantaba un pájaro. Allí había
cojines por todas partes, todos
ellos oscuros y cómodos, sobre los
que se sentaban las visitas para
verle en silencio.

Juan Cruz es uno de
los profesionales
más conocidos de El País
Él era el silencio; le cansaba
hablar de su biografía, pues al fin
y al cabo de lo primero que se cansó
fue de ser norteamericano; tampoco
tenían importancia para él los
libros, ni siquiera los que él mismo
escribió, y es falso que se
enfureciera porque El cielo
protector no fuera en cine como en
literatura: no le importaba nada.
Tenía los ojos azules y gélidos,
pero te acariciaba la mano como si
se estuviera despidiendo un niño
antes del desamparo.
Cuando su salud flaqueaba y él
adivinaba el porvenir fatal de
cualquier vida se enfundaba en su
abrigo de felpa y se situaba al
fondo de la casa, junto a una
ventana minúscula por la que se
veían los montes airosos de Tánger
que le trajeron aquí. Entonces se
reclinaba otra vez, y en esta
ocasión, en una cama espartana,
desde la que a veces le obligaban a
ver los partidos del Barça. El
cuarto, como la casa entera, estaba
lleno de música; eso es lo que
verdaderamente le importaba, su
música, la que escribió él y la que
recogió en los remotos montes
africanos, un antropólogo minucioso
del producto sutil de la memoria
silenciosa de esta gente.
Por la música hizo un viaje, él, que
no quería moverse de su aposento
humilde en la calle de Campoamor de
Tánger. Fue a Madrid, donde sus
editores le prometieron un concierto
que incluyera la música de su
creación; vino con su gran amigo
Abdelouahid Boulaich, y lo hizo
también con un propósito: curarse.
Tenía problemas óseos, y asimismo el
tiempo le había dañado los ojos; le
acompañamos al Doce de Octubre, y en
ese hospital vio sucesivamente a los
doctores José Toledo y Alberto
Portera; los enfermeros le llevaron
en volandas de un sitio a otro de la
clínica.
Él preguntaba, desde la edad ya
octogenaria y desganada desde la que
ya parece que nunca más van a
hacerse preguntas: "¿Me curarán
aquí?". El doctor Portera le animó,
con esa campechanía con que los
médicos son capaces de revivir la
esperanza del que ya dice adiós.
Había algunas memorias madrileñas,
como la de su gran amigo Emilio Sanz
de Soto, que le ataban al optimismo
de seguir existiendo y, aunque se
manifestaba descreído y ausente,
siempre tenía ganas de seguir,
porque en el fondo de su recuerdo
estaban la música y los amigos. En
Tánger tenía, decía él, la
residencia, pero la verdadera
residencia era el cuerpo, y éste ya
estaba absolutamente astillado.
Esto ocurrió hace cinco años; los
que acompañaban a Bowles creían
estar acompañando a un anciano, y su
pesimismo era tal que parecía que en
cualquier momento se iba a deshacer
aquel hombre que parecía un pájaro y
además caminaba y comía como un
pájaro débil. Pero cuando nos dimos
cuenta de que Paul Bowles no era un
anciano, sino un niño, fue cuando el
doctor Portera le dejó, al fin, solo
en el ascensor que debía conducirle,
absolutamente solo, a la planta de
las pruebas. Entonces, Paul Bowles,
el melancólico bohemio, el hombre
que encontró en el sur del mundo la
venda para las heridas del hastío
del norte, nos miró a todos con la
mirada desamparada e implorante del
niño que no sabe de qué se despide,
y ese gesto de Bowles es el que nos
hizo abrazarle para siempre.
MALDITOS,
HETERODOXOS Y ALUCINADOS.
Paul Bowles, un precursor de la
generación 'beat'. (LXIX)
JAVIER MEMBA
Septiembre de 2002/elmundolibro
Aunque entre los méritos de Paul
Bowles incluidos en las solapas de
sus traducciones españolas destacan
las bandas sonoras que compusiera
para una treintena de producciones
cinematográficas y teatrales, el
hecho es que Bowles entró en el
parnaso fílmico de la mano de
Bernardo Bertolucci.

Corso, Burroughs,
Bowles, Portman,
Sommerville in Tangier, July 1961
Más aún, gracias a la celebrada
adaptación de "El cielo protector"
dirigida por el realizador italiano
en 1990, la bibliografía de Bowles,
ya en el otoño de sus días, fue
descubierta con interés por el común
de los lectores. Sin embargo, entre
esas minorías que le veneraron desde
sus primeras publicaciones, se
encontraba la plana mayor de la
generación "beat", que fue a
reconocer en él a uno de sus
precursores.
Nacido en Long Island (Nueva York)
el 10 de diciembre de 1910, ya en
sus primeras creaciones musicales y
literarias, Bowles mostró un
inequívoco interés por la
experimentación. Instalado en París,
publica sus primeros textos en la
revista "Transition" a finales de
los años 30. A comienzos de la
siguiente década, compone "The Wind
Remains", pieza musical basada en un
texto de Federico García Lorca. Pero
sus ambiciones experimentales siguen
sin encontrar satisfacción. Al igual
que les ocurriera a los surrealistas
con anterioridad, es la cultura
occidental en sí lo que agobia a
nuestro autor. Consciente de ello,
inicia un exilio voluntario que le
llevará a los rincones más distantes
de la tradición cultural que le es
propia.
Marruecos será el primer lugar que
le ofrezca el primitivismo y la
naturalidad que busca. Al país
norteafricano dedicará las novelas y
relatos que le procuraran el
prestigio entre toda la heterodoxia
cultural occidental. La ya citada
"El cielo protector", donde da
cuenta de la experiencia en el
Sahara de unos viajeros
norteamericanos, que de alguna
manera le tocan muy de cerca,
aparece en 1949. A ésta le seguirá
"The Delicate Prey" (1950) su
primera colección de cuentos. En
toda su producción de inspiración
africana, la experimentación lleva a
Bowles de las formas policiacas a la
existencialistas. Sus personajes
suelen ser viajeros sin posibilidad
de regreso que se pierden en
laberintos que representan su
obsesiones.

JAVIER MEMBA
Favorito de William Burroughs, el
autor de "Yonqui" se instala en
Tánger -además de por las
posibilidades que tiene allí para
fumar hachís- porque Bowles -también
fumador empedernido de dicha
sustancia- reside en la ciudad
marroquí. Será Burroughs quien
presente a Bowles a Peter Orlovsky,
Allen Ginsberg, Alan Ansen e Ian
Summerville. Todos ellos rinden
tributo a Bowles en Villa Mouneira,
residencia en Tánger de Burroughs.
Una de las imágenes más difundidas
de la generación "beat" es la que
les muestra junto a Bowles en el
jardín de aquella casa.
Mientras sus rendidos acólitos se
convierten en los autores favoritos
de la juventud rebelde, Bowles
alcanza una de sus cotas más altas
en "Cabezas verdes, manos azules",
diario publicado en 1963. Por esas
mismas fechas recoge los cuentos
populares marroquíes que le refiere
Mohammed Mrabet en Hundred Camels in
the Courtyard (1963). Ya en 1964,
publica "A Life Full of Holes",
escrita en colaboración con otro
autor magrebí, Driss Ben Hamed
Charhadi. En opinión de la crítica
especializada, el interés de Bowles
por África se ha convertido en "una
investigación antropológica de las
raíces y la cultura del desierto".
No obstante lo cual, la siguiente
novela del escritor -"Up Above the
World" (1967)- está ambientada en
Latinoamérica.
Tras una nueva recopilación de
cuentos africanos, "M’Hashish"
(1969), Paul Bowles da a la estampa
su autobiografía en 1972 con el
título de "Déjala que caiga". Entre
sus últimas publicaciones destacan
los relatos reunidos en "El tiempo
de la amistad" (1979). La muerte le
sorprendió en 1999 en el Tánger que
tanto amó.
BOWLES, PAUL -
MEKTOUB
Algo que ya no vamos a hacer
Gonzalo Curbelo
Cuando Bowles escribe "una roca",
uno no ve simplemente los signos
tipográficos que significan "roca",
uno puede ver esa roca, y cuando
Bowles escribe "una duna", uno puede
sentir el suave azote de los granos
de arena sobre la cara y el delgado
susurro del viento sobre la misma.

PAUL BOWLES
Paul Bowles murió, circunstancia
bastante previsible para un hombre
de 89 años que nunca se preocupó
demasiado por su salud y que en
ocasiones pareció no demostrar
ningún interés por la vida. Durante
sus últimos años había desesperado a
su servidumbre y amigos marroquíes
al negarse, al igual que Onetti, a
levantarse de la cama, actitud que
para los árabes significa haber
perdido el deseo de vivir y haberse
entregado a la muerte.
Pero sin embargo había sobrevivido a
muchísimas enfermedades, incluyendo
la reciente extirpación de un
cáncer, y a la gran mayoría de los
escritores y artistas que lo
visitaron a lo largo de los años en
su auto-exilio en Tánger, artistas
atraídos por el misterio de una
ciudad que había conseguido atrapar
definitivamente al mejor de todos
ellos. William Burroughs, Brion
Gysin, Truman Capote, Allen
Ginsberg, Francis Bacon, Jack
Kerouac, John Cage fueron dejando
este mundo junto al siglo, dejando
tras de sí el legado del arte más
auténtico y lúcido que se haya
realizado en la segunda mitad del
mismo. Parecería que Bowles no quiso
cometer la descortesía de comenzar
el nuevo siglo sin sus amigos.
Repasar la bibliografía de alguien
que fue definido por el músico Ned
Rorem como "uno de los grandes
europeos de antaño (Leonardo,
Cocteau, Nöel Coward), un doctor de
medicina general de primer orden",
es algo recomendable pero a la vez
inútil. Basta con abrir al azar
cualquier libro de relatos (y si el
azar elige una página de Delicada
presa, mejor que mejor) para
confirmar que Bowles no tenía
competencia en cuanto a escritura se
refiere. Ni con la mejor voluntad ni
con el ego estimulado por los más
potentes alcaloides uno puede
aventurar una forma más exacta de
escribir cualquiera de sus páginas,
sustentadas por una prosa tan
perfecta que sobrevive a cualquier
traducción y en la que el narrador
aparentemente ha desaparecido.
Digo aparentemente porque cuando
Bowles escribe "una roca", uno no ve
simplemente los signos tipográficos
que significan "roca", uno puede ver
esa roca, y cuando Bowles escribe
"una duna", uno puede sentir el
suave azote de los granos de arena
sobre la cara y el delgado susurro
del viento sobre la misma. Hay que
poner muchísimo de sí mismo para
darle tanta vida a la escritura,
mucho más que los interminables
vericuetos de introversión que
generalmente se confunden con
escritura poética y que generalmente
sólo son el ombiliguismo típico de
generaciones incapaces de ver algo
más que su propia cara.
Pero la impresión de impasibilidad
de Bowles es cierta. Su obra parece
estar regida por la filosofía árabe
de "Mektoub" ("Está escrito") y por
un sereno fatalismo de corte
oriental. Pero, más allá del amor de
Bowles por lo árabe, su reticencia
también puede ser interpretada como
simple timidez o buena educación.
Sin embargo, y al igual que las
acusaciones de "frío" recibidas por
Borges pierden toda validez al leer
'Two English Poems' o 'El oro de los
tigres', esa impresión general de
Bowles como un hombre sin emociones
se desmorona al leer el final de
Port en El cielo protector o la
elegía compuesta a la muerte de su
esposa Jane, Próximo a la nada, un
poema de alguien que nunca
reinvindicó credenciales de poeta y
que contiene todo el dolor que puede
contener el idioma inglés, o una
persona.
Mientras escribo esto, en la
compactera de mi computadora está
sonando Baptism of Solitude, disco
de lecturas que Bowles grabara con
el acompañamiento sonoro de Bill
Laswell y que el escritor (el
músico) no quería hacer en un
principio por considerar a su voz
"sin interés". La voz cascada y
atonal dice "Piropos, you said, el
aire les hace piropos" mientras Bill
Laswell apenas cubre el fondo con
una cortina de sonidos misteriosos.
Bowles no enfatiza ningún verso, ni
siquiera los más dolorosos, y el
único quiebre en su voz parece
deberse más a una mala respiración
que a una intención de comunicar un
sentimiento. Pero todas las palabras
se entienden, claras y definitivas.
Tal vez podría estar mejor leído,
con más pasión, pero también podría
estar escuchando otra cosa; "tú
misma tienes la culpa de lo que
hiciste conmigo".
Recuerdo la primera vez que leí en
mi adolescencia a Paul Bowles; tenía
la vaga idea de que era un viejo
maricón que vivía en Arabia y era
amigo de William Burroughs. No me
interesaron en absoluto esos
episodios distantes en los que no
parecía pasar nada o en dónde lo que
pasaba no parecía importarle al
narrador. Diez años después tuve que
reseñar una antología de cuentos de
Bowles y mientras lo leía descubrí,
además de esa prosa tan afilada como
una cimitarra, que no estaba leyendo
el libro de un viajero deslumbrado
por el exotismo de Marruecos sino a
alguien que escribía sobre
desiertos, fueran en Marruecos o en
Cold Point, o en Montevideo, a
juzgar por lo que yo había aprendido
en los años desde que había
intentado leerlo infructuosamente
por primera vez.
Recuerdo también fantasear con la
idea de viajar algún día a Tánger,
fumar algo de kif, tomar el té en el
Sahara e intentar hacerle una visita
a quién me parecía el mayor escritor
viviente. Sería (en el caso de
conseguirla) una visita muy breve;
es sabido que Bowles estaba bastante
podrido de que cada aspirante a
escritor que pasaba por Marruecos
fuese a sacarse una foto junto a él,
y sería sólo para decirle "hola,
señor Bowles, valió la pena hacerse
periodista sólo para ser obligado a
leer uno de sus libros". Bueno,
nena, eso es algo que ya no vamos a
hacer.
El último adiós a
Paul Bowles
Los restos del novelista serán
trasladados a Nueva York, donde
reposaran junto a sus padres
JUAN CRUZ
EL PAIS/Cultura – noviembre -1999
Paul Bowles, que murió el pasado
jueves, un mes antes de cumplir los
89 años, en Tánger, será incinerado
en Nueva York, junto a sus padres;
su cuerpo, que ahora reposa en el
tanatorio del Hospital Duque de
Tovar de la ciudad marroquí, será
trasladado allí en los próximos
días.Paul Bowles le dijo un día,
hace meses, a su gran amigo
Abdelouahid Boulaich, que trabajó
con él durante treinta años: "Si me
muero, que me entierren en el
cementerio de los animales". El
cementerio de los animales está, en
Tánger, cerca del cementerio
español; era un lugar al que iba
casi cada tarde, paseando, el viejo
Bowles. Hace años explicó en Madrid:
"Quiero que me quemen; quedarse en
la tierra desata una estupidez
sentimentaloide. Cuando uno no está,
desaparece, y las cenizas son mejor
que el cuerpo".

Juan Cruz, ante un
retrato de Truman Capote
(Gorka Lejarcegi / El País)
Hace mes y medio, Bowles le dijo a
Abdelouahid que no había cambiado de
opinión con respecto al destino de
su cuerpo, pero quería hacer una
precisión para el futuro: cuando
muriera, sus cenizas deberían
reposar junto a sus padres, cerca de
Nueva York. Mientras tanto, la casa
en la que vivía en penumbra está
precintada.
Cada amigo tenía su sitio en la vida
de Bowles; al final de su vida
estuvo con él Rodrigo Rey Rosa,
escritor guatemalteco y uno de los
grandes divulgadores de la obra de
Bowles. El lunes decía Rey Rosa: "Se
me ha muerto un amigo
irreemplazable". Estaba también
Claude Thomas, su traductora al
francés, y estaba por llegar estos
días una gran amiga austriaca, que
era la que proveía a Paul de las
chucherías que siempre tenía a mano:
unas chocolatinas rellenas de licor
de las que ahora hay inutilizadas
muchísimas en la nevera.
Y quienes estaban al borde de su
cama, cuando estaba a punto de
expirar en Tánger, fueron dos
asistentes suyos, Suhad, que cuidaba
de la casa, y el citado Abdelouahid,
que desde hace 30 años cuidaba de
él. Como nos contó Rey Rosa, Bowles
tuvo momentos de lucidez alternados
con largos instantes de sueño, y en
uno de sus momentos de brillantez
mental y emocional agarró con sus
manos a cada uno de sus asistentes,
a los que dijo sonriendo: "Ustedes
son los verdaderos amigos de la
familia".
A Abdelouahid le gustaba recordar a
Bowles así, sonriendo y diciendo
breves cosas amables; en realidad,
así era este escéptico que vivió en
el Tánger de la luz y luego en el
Tánger de las sombras. En los
últimos años a Bowles le había
vuelto la pasión por la música, y su
asistente, que fue también su gran
amigo, lo recuerda en todo momento
tarareando y acompañándose con los
dedos, que hacía sonar como en
sueños, y en esos instantes, entre
la lucidez y la duermevela, también
daba la impresión de hacer sonar con
los dedos alguna melodía
melancólica.
Era un hombre elegante; y esa
necesidad de la pulcritud que
exhibía la llevó hasta el hospital;
en realidad, como recuerda Rey Rosa,
no tuvo al final de su vida
demasiados problemas graves de
salud, así que su ingreso en el
hospital, por una afección de orina,
parecía tener el carácter de una
rutina que luego se fue complicando.
Dispuesto al regreso, quiso que el
hijo de Abdelouahid, que es barbero,
acudiera a afeitarle todos los días;
y así, afeitado y brillante,
falleció el jueves último.
Es el último de Tánger. La mitología
de la ciudad acaba con la muerte de
Bowles, y si uno percibe el ambiente
es claro que este personaje cierra
una etapa de la ciudad africana más
literaria. Pero cuando uno oye
hablar a Boulaich siente que esa
pérdida tiene contornos humanos más
perdurables aún que la mitología
literaria. "Cuando cerraron la casa
y me fui sentí en mi alma que no
podía reprimir el llanto". ¿Qué
aprendió de Bowles? Boulaich hace un
recuento: "Me enseñó a perdonar, a
pensar que nadie es mejor que otro,
a que no puedes mentir: hay que
decir sólo lo que has visto, no
puedes decir nada que tú mismo no
hayas comprobado, sobre todo si
hablas de otras personas. Era un
hombre que jamás ordenaba nada: te
decía, quizá podríamos hacer
esto..., y te dejaba a ti tomar la
decisión".
Un día fue a verle una joven, que le
besó en las mejillas, y él le
devolvió el beso. Ella dijo: "Los
mejores besos los da Paul". Y
Bowles, tímido siempre, lejano y
silencioso, se puso rojo como un
adolescente. En esta ciudad
literaria, todo parece estar tan en
silencio como Bowles cuando
oscurecía.
Su casa de Tánger
era sitio predilecto de escritores
como William Burroughs, Allen
Ginsberg, Jack Kerouac o Truman
Capote.
Paul Bowles, escritor nómada
Fuente: LaPrensahn
junio 2007

Entertainment Weekly
- paul bowles
Pedalearon lentamente por la larga
calle en dirección de la grieta que
se abría en la baja cadena
montañosa, al sur de la ciudad.
Donde terminaban las casas empezaba
la llanura, a cada lado, como un mar
de piedras. El aire era frío, el
viento seco del atardecer soplaba en
contra. La bicicleta de Port
chirriaba un poco. Iban callados,
Kit un poco más adelante. Atrás, a
la distancia, alguien tocaba el
clarín, una firme, brillante lámina
de sonido en el aire. Aun en ese
momento, a una media hora del ocaso,
el sol ardía. Llegaron a una aldea,
la atravesaron. Los perros ladraban
frenéticamente, las mujeres se
apartaban, tapándose la boca. Sólo
los niños se quedaron donde estaban,
paralizados de sorpresa. Después de
la aldea, el camino empezaba a
subir. Notaban la pendiente en el
pedaleo: a la vista, el terreno
parecía llano. Kit se cansó en
seguida. Se detuvieron, miraron
hacia atrás la llanura aparentemente
chata hasta Boussif, muestrario de
bloques marrones al pie de las
montañas. La brisa soplaba con más
fuerza.
— Jamás habrás respirado aire tan
fresco —dijo Port.
— Es maravilloso —dijo Kit. Estaba
pensativa, de buen talante, y no
tenía ganas de hablar.
— ¿Tratamos de cruzar el paso por
allá?
— Dentro de un minuto. El tiempo de
recobrar el aliento.
En seguida reanudaron el camino,
pedaleando enérgicamente, los ojos
puestos en la fisura que tenían
delante. A medida que se acercaban,
el desierto interminable era
interrumpido de vez en cuando por
agudas crestas rocosas que surgían
en la superficie como espinazos de
enormes peces que avanzaran todos en
la misma dirección. El camino había
sido abierto con dinamita en lo alto
de la cadena y las piedras habían
rodado a ambos lados de la grieta.
Dejaron las bicicletas a la vera del
camino y comenzaron a trepar entre
las enormes rocas. El sol
desaparecía detrás del horizonte
chato; el aire se había impregnado
de rojo. Al dar la vuelta a una roca
se encontraron de manos a boca con
un hombre profundamente concentrado
en la tarea de afeitarse el pubis
con un largo cuchillo puntiagudo:
tenía el albornoz recogido hasta el
cuello, de modo que de los hombros
para abajo estaba totalmente
desnudo. Alzó los ojos, los miró
pasar con indiferencia.
Inmediatamente, volvió a agachar la
cabeza para proseguir la cuidadosa
operación.
Kit tomó la mano de Port. Treparon
en silencio, felices de estar
juntos.
- La puesta del sol es una hora tan
triste —dijo ella de pronto.
- Cuando considero el final de un
día, de cualquier día, siempre tengo
la impresión de que es el final de
toda una época. ¡Y el otoño! Podría
ser el final de todo —dijo Port—.
Por eso detesto los países fríos y
me gustan los cálidos, donde no hay
invierno, y cuando llega la noche
sientes que la vida comienza en
lugar de terminar. ¿No te parece?
- Sí. Pero no estoy segura de
preferir los países cálidos. No sé.
No estoy segura de que no sea un
error escapar a la noche y al
invierno y de que si lo haces no
tengas que pagarlo de alguna manera.
- ¡Oh, Kit! Estás loca.
La ayudó a subir a un montículo
bajo. El desierto se extendía a sus
pies, mucho más abajo que la llanura
de donde acababan de subir.
No contestó. La entristecía
comprobar que, a pesar de tener tan
a menudo las mismas reacciones, las
mismas sensaciones, nunca llegaban a
las mismas conclusiones, porque sus
respectivas metas en la vida eran
casi diametralmente opuestas. Se
sentaron en las rocas, uno junto al
otro, frente a la inmensidad. Kit
enlazó su brazo al de Port y apoyó
la cabeza en su hombro. Él miraba
hacia adelante; después suspiró y,
finalmente, sacudió lentamente la
cabeza. Lugares como éstos, momentos
como éste eran lo que Port más amaba
en la vida; Kit lo sabía y sabía
también que los amaba más si ella
estaba presente para compartirlos. Y
aunque tenía conciencia de que los
verdaderos silencios y los espacios
vacíos que conmovían el alma de Port
la aterraban, él no podía soportar
que se lo recordaran. Era como si en
él hubiera la esperanza siempre
renovada de que sería sensible como
él a la soledad y la cercanía de las
cosas infinitas. Se lo había dicho
muchas veces: «Es tu única
esperanza», y Kit nunca estaba
segura de lo que quería decir. A
veces pensaba que Port se refería a
su propia esperanza, que únicamente
si ella era capaz de llegar a ser
como era él, él encontraría el
camino de vuelta al amor, porque
para Port amar significaba amarla a
ella, a nadie más que a ella. ¡Y
hacía tanto tiempo ya que había
desaparecido el amor, toda
posibilidad de amor! Pero, a pesar
de estar dispuesta a llegar a ser lo
que él quisiera, había algo que Kit
no podía cambiar: el terror estaba
siempre dentro de ella, dispuesto a
asumir el mando. Era inútil
pretender lo contrario. Y así como
ella era incapaz de sacudirse el
miedo de encima, él era incapaz de
romper la jaula que había construido
mucho tiempo atrás para salvarse del
amor.
Kit le pellizcó el brazo:
— ¡Mira! —susurró. A unos pocos
pasos, en lo alto de una roca, tan
inmóvil que no lo habían advertido,
estaba sentado un árabe venerable,
las piernas encogidas debajo del
cuerpo, los ojos cerrados. Al
principio, a pesar de su postura
erguida, les pareció que dormía,
pues no daba muestras de percibir la
presencia de ellos. Pero después
vieron que movía imperceptiblemente
los labios y comprendieron que
estaba rezando.
De su Bibliografía:
El cielo protector, 1949; Déjala que
caiga, 1952; La casa de la araña,
1955; Cabezas verdes, manos azules,
1963; El Diario de Tánger 1987-1989,
1991; Por encima del mundo, 1966;
Delicada presa, 1950; El tiempo de
la amistad, 1967; Relatos completos
de Paul Bowles, 1979; Días y viajes,
1993; Muy lejos de casa, 1991; En
contacto, 1994.
Una mirada terrenal:
Paul Bowles nació el 3 de diciembre
de 1910 en Nueva York y falleció el
18 de noviembre de 1999 en Tánger,
Marruecos. Fue poeta y compositor:
sus poemas de juventud aparecieron
en la revista Transition; creó tres
obras orquestales y seis de cámara,
decenas de pequeñas piezas para uno
o dos pianos y doce partituras de
películas. Escribió la música de
Doctor Fausto, obra teatral montada
por Orson Welles. El cielo protector
(1949), se convirtió en un éxito de
ventas y fue llevada al cine en 1991
por el director italiano Bernardo
Bertolucci. En este cuarto número de
mimalapalabra reproducimos parte del
capítulo 13 de esa novela: un
inesperado interludio de paz y
concordia entre Kit y Port. Esta
pareja se traslada a Tánger, pero su
viaje no parece obedecer a los
propósitos usuales de todo turista.
Al parecer, el matrimonio de los
Moresby no tiene futuro e ir de un
sitio a otro es una especie de
sustituto de la felicidad o una
forma apenas eficaz de eludir el
vacío.
Jacobo Fitz-James
Stuart recuerda:
Paul Bowles, escritor nómada
"Estuve un tiempo en Tánger... donde
conocí a gente interesantísima. Paul
Bowles, por ejemplo. Solía recibir
en su casa a las ocho de la noche, y
acudía todo tipo de gente. Ofrecía
té marroquí a todo el mundo, y solía
tener puesta una música extraña,
entre chinesca y vanguardista,
compuesta por él. El ambiente de esa
casa era único. La mayoría de las
personas eran musulmanes que venían
desde Damasco, Beirut o Marraquech y
contaban sus experiencias. No se
bebía alcohol ni se fumaba hachís.
Pregunté por qué. Un marroquí me
contestó que había que fumar quif,
pero ‘no hachís, demasiada música en
la cabeza’... todos fumábamos en
pipa quif y contábamos
historias...". [Fuente: El País]
La isla de Bowles
Comprar una isla en 1952 y
refugiarse en ella durante años es
no sólo una muestra del espíritu
inconforme y trashumante de Paul
Frederic Bowles: es un símbolo de su
soledad, de la lejanía que cortejó
durante toda su vida. Perdida en el
mapa, Taprobane es el nombre de esa
isla situada frente a las costas de
Sri Lanka, "diminuta, con forma de
cúpula y una extraña casa asentada
en la cima, flanqueada de terrazas
que se pierden bajo la sombra de
árboles gigantescos", como la
describió en un artículo de 1957.
Nacido en Nueva York en 1910, Bowles
es el epítome de la existencia
nómada. Viajó mucho: de Estados
Unidos a Francia, de Berlín al norte
de África, a México y a Taprobane,
adonde su esposa no deseaba ir,
"estás loco si crees que me voy a
mudar a ese sitio", le dijo cuando
Paul le anunció que había comprado
la isla.

Jacobo Fitz-James
Stuart
"Era un sitio mejor de lo que había
esperado, en la isla tomaban cuerpo
los innumerables sueños y fantasías
que había tenido desde niño… Volví a
Europa cargado de visiones...".
El exiliado de Tánger
Al final de veinte años dedicados a
la ocupación de vagabundo con
privilegios, en 1947 Bowles se
instaló en Tánger, Marruecos, con su
esposa Jane. Su casa se convirtió en
el ombligo del mundo para hordas de
escritores viajeros que buscaban en
Tánger la pureza del aire y de las
costumbres, un nuevo cielo y un
nuevo mar, una vuelta al paraíso en
una ciudad que parecía alejada de
todo. Su incesante apetito de nuevos
paisajes y experiencias sólo es
igualado por su deseo de explorar
múltiples formas artísticas. Fue
narrador de una pureza estilística
excepcional: El cielo protector, su
primera novela publicada en 1949, es
de un ejemplar rigor descriptivo:
dos o tres párrafos bastan para
darnos un paisaje y el asombro
provocado por ese paisaje en los dos
protagonistas, Kit y Port Moresby,
vagabundos perdidos en Marruecos,
condenados a ser extranjeros en
todas partes.
"Tánger aún puede fascinar a quien
se tome el tiempo de conocer a su
gente… Sigue siendo una pequeña
ciudad porque uno no puede recorrer
una calle completa sin encontrarse
con amigos ni detenerse a charlar.
Lo que empieza siendo un paseo de
diez minutos se convierte en una
caminata de una hora", escribió.
Paul Bowles muere,
a los 89 años, bajo «el cielo
protector» de Tánger
El escritor, según
los médicos, «estaba harto de la
vida, sin ganas de luchar» - Su
último deseo fue ser incinerado y
viajar de vuelta a Nueva York para
descansar junto a sus padres y
abuelos
JAVIER ESPINOSA
Noviembre 1999/Cultura/Enviado
especial Elmundo
TANGER.- Después de la opulenta
fiesta de cumpleaños de Malcom
Forbes de 1989 en su palacio
tangerino de Mendubia, en la que se
gastó la módica suma de 2,5 millones
de dólares (casi 400 millones de
pesetas), la muerte ayer del
escritor Paul Bowles constituye el
epílogo de la mítica etapa en la que
la ciudad marroquí se convirtió en
la meca de escritores, artistas y
bohemios de toda clase.

Javier Espinosa
Corresponsal-ElMundo Marruecos
Bowles, de 89 años de edad -habría
cumplido 90, el próximo 31 de
diciembre-, se quedó a un paso de
entrar en el nuevo milenio. El autor
norteamericano falleció a
consecuencia de un infarto en el
Hospital Italiano de Tánger, donde
fue ingresado el pasado día 7. «Por
la mañana se había tomado su café
con leche e incluso me saludó. Se
había aprendido mi nombre. Sor
Clemente, decía», explicó a este
diario la simpática directora de la
clínica. Horas antes, el doctor
Thami Alui presagiaba ya el
desenlace. «Tiene el corazón y los
pulmones acabados».
El autor de obras como El cielo
protector o La casa de la araña, ya
no tenía ganas de seguir luchando.
«Estaba harto, cansado de la vida»,
comentaba el médico.
«Bowles se había abandonado
físicamente. Ya no tenía otra cosa
que esperar que la muerte en Tánger.
Se había rendido, había sido vencido
por la vida», advertía su amigo,
Mohamed Choukri, autor literario al
que el novelista norteamericano
tradujo varias de sus obras.
El escritor había sido admitido
entre el 30 de octubre y el 3 de
noviembre en la Caja Nacional de la
Seguridad Social. «Tenía una mezcla
de todo, desde insuficiencia
respiratoria o cardiaca, a
complicaciones con la próstata y
hasta momentos en los que perdía por
completo la lucidez», aclaró el
doctor Thami Alui, de la clínica
italiana.
En realidad, Bowles sufría de un
viejo cáncer de piel -tuvo que
operarse en Atlanta (EEUU) en 1994-
que lo obligó a recluirse en su
domicilio tangerino, donde
permanecía prácticamente aislado.
«Hoy Bowles es alérgico al sol, él
que adoraba el sol del desierto y
los climas ecuatoriales. Vive cerca
de playas muy bellas pero no se baña
desde hace años. Su enfermedad le ha
privado de todo lo que amaba»,
escribía ya en 1996 el citado
Choukri en su libro Paul Bowles, el
recluso de Tánger.
En su domicilio de la medina
antigua, sin teléfono ni fax,
últimamente el escritor «parecía un
espectro. Se había escondido en casa
y no mantenía contacto casi con
nadie», afirmó otro periodista
marroquí que le conocía.
Pese a su larga estancia en la
ciudad marroquí, Bowles siempre se
sintió un extranjero y quizá por
ello su último deseo fue que su
cadáver se trasladase al cementerio
de Lakemont, en Nueva York. «Allí
descansan sus padres y sus abuelos.
El me lo pidió: quería ser
incinerado y viajar de vuelta a
Nueva York. El problema es que la
incineración no está permitida en
Marruecos. No sabemos si lo
llevaremos primero a España»,
declaró Karim Benzakour, amigo del
artista y una de las tres personas
que lo asistieron en sus últimos
instantes.
«Vida de ensueño»
«Disfrutó de una vida de ensueño. Yo
me habría muerto feliz hoy mismo si
hubiera vivido como él», sentencia
con cierta melancolía el galeno
Thami Ali.
Cuando el escritor se estableció en
Tánger en 1947, la ciudad era ya una
boyante capital bajo administración
internacional que había sido motivo
de inspiración para artistas como
Henri Matisse o el escritor Mark
Twain, quien realmente inauguró en
1867 la tradición literaria de la
localidad, que después confirmarían
Bowles y sus amigos.
Tras el éxito que cosechó con El
cielo protector (1947) su pequeño
apartamento en las afueras de la
metrópoli marroquí se transformó en
una parada obligatoria para toda la
generación beat con Willian
Burroughs y Jack Kerouac a la
cabeza.
El declive del autor, cuya obra está
publicada en España por la editorial
Alfaguara, comenzó casi a la par que
la enfermedad cerebral de Jane, su
mujer, que falleció en 1973 en
Málaga. El mismo reconocía que tras
la muerte de Jane su obra creativa
se hundió en la mediocridad.
Paul Bowles en
Grandes Escritores
Por Gabriel Tibba
Fuente:
Film&Arts
Magnética, melancólica,
desconcertante, "El cielo protector"
se erige con firmeza como una de las
mejores novelas de la literatura
mundial del siglo XX. Publicada
originalmente en 1949, esta historia
de una pareja norteamericana que
visita el norte de África fue
llevada al cine en 1991 por Bernardo
Bertolucci, con Debra Winger y John
Malkovich en los roles centrales.
Elogiada por la crítica, la película
tuvo el mérito de revitalizar
inesperadamente la figura del
extraordinario artífice de la
novela: Paul Bowles.

PAUL BOWLES
Nacido en Nueva York en 1910, Paul
Bowles fue un auténtico viajero, un
“exiliado voluntario”, un bohemio
hastiado de Estados Unidos que
eligió deambular por los cincos
continentes para respirar aires
renovadores, para alimentarse del
ímpetu de otras culturas y
civilizaciones. Casado con la
escritora Jane Auer, Bowles se
convirtió en amigo (y pluma
inspiradora) de los beatniks William
Burroughs, Jack Kerouac, Allan
Ginsberg y muchos otros notables
autores que brillaron a partir de la
década del '50.
En su juventud vivió de la música,
componiendo partituras para
películas y puestas teatrales.
Publicó sus textos iniciales en la
revista parisina Transition a
finales de los años '30 y
paulatinamente fue encaminando su
devoción literaria. "El cielo
protector", su primera novela,
resultó un éxito editorial que le
permitió consagrarse de lleno a la
escritura. En 1952 decidió
instalarse definitivamente en
Tánger, Marruecos, donde produjo sus
obras más importantes, entre ellas
las novelas "Déjala que caiga" y "La
casa de la araña", los libros de
relatos "Delicada presa" y "El
tiempo de la amistad", así como el
diario "Cabezas verdes, manos
azules".
Océanos de sol, humedad, soledades,
sexo, anécdotas exóticas, el paisaje
proyectado en la biografía. Con un
estilo signado por la continua
experimentación, Bowles combina la
confesión existencialista con un
exquisito rastreo antropológico, el
dolor por la desintegración del
hombre moderno con la sorpresa por
los hallazgos que aún albergan las
tierras desconocidas.
Bowles falleció en 1999. Film&Arts
emite este mes un revelador
documental que tiene como eje una
entrevista con el autor, acompañada
de imágenes que recorren su
derrotero por Marruecos para
registrar los lugares, climas y
personajes que marcaron su obra.
El novelista Paul
Bowles
Ricardo Gullón
Fuente: Biblioteca virtual Miguel de
Cervantes
Entre los jóvenes escritores de
Estados Unidos es Paul Bowles uno de
los más brillantes; uno de los más
capaces de someter los materiales a
elaboración artística, sin hacerles
perder su primitiva fuerza. Ha
publicado, hasta ahora, dos
volúmenes de narraciones y una
novela. Escribió música y viajó
largo tiempo por su país y fuera de
él. Es un espíritu curioso y
apasionado cuya carrera vale la pena
de observar. Ha traducido a Sartre y
-no hace mucho- a Ramón Gómez de la
Serna. En la actualidad vive en el
barrio árabe de Tánger y alguna vez
se acerca a España.

RICARDO GULLÓN
Paul Bowles sitúa su novela y la
mayoría de sus «short stories» en
ambientes «exóticos», entre indios
de Hispanoamérica o árabes de África
del Norte, cediendo a la necesidad
de explicar por el cambio de medio
el cambio de actitud. Contra el
pintoresquismo fácil de un Somerset
Maugham, su propósito consiste, por
un lado, en conseguir más profundo
conocimiento del hombre,
sorprendiéndolo en los momentos
emocionales más fértiles, en los
menos frenados por las cautelas y
los hábitos niveladores de la vida
americana. De otra parte, el
desarraigo implica la busca de un
refugio.
La tendencia escapista del escritor
norteamericano se acentúa hoy por la
necesidad de encontrar un espacio
libre de los convencionalismos y
tabús que en su tierra le ahogan.
Bowles analiza brillantemente esa
tendencia en El cielo protector, su
primera y hasta ahora única novela.
Hay una brasa de desesperación en el
afán de buscar refugio en lo lejano,
en lo distinto, mas contra lo que
parece, entre quienes buscan quizá
exista una ilusión, una esperanza,
ausente entre los que permanecen.
Kierkegaard habló, me parece, de la
desesperación que desconociéndose se
disfraza con fútiles máscaras.
Un personaje de Bowles explica las
causas del alejamiento de los
Estados y el temor de que pronto los
habitantes de las comarcas vivideras
«decidirán que ellos necesitan que
su país sea una parte del monstruoso
mundo de hoy» y empezarán a sentir
síntomas de la enfermedad mortal: «a
vivir en función del tiempo y el
dinero, y a pensar en función de la
sociedad y el progreso».
En el exotismo buscan una
posibilidad de vivir fuera de
conceptos que en último término
conducen al aniquilamiento de los
valores más puros; la conexión con
gentes de vida lenta, aparte
todavía, tiende a lograr el
sentimiento de adscripción a un
mundo fuera del tiempo, a saberse
lejos de las dramáticas urgencias
destructoras. El conflicto entre la
naturaleza humana, necesitada de
libertad, y la organización del
mundo «en función del tiempo y el
dinero» exige una decisión
liberadora, tal vez posible ya por
poco tiempo, pues el planeta tiende
a unificarse, a regularse por la
sumisión a una ley uniformadora. No
sería temerario calificar de
romántica la desesperada tentativa
de evadirse, siquiera por corto
período, a esa dura ley, para vivir
con intensa desnudez el drama del
alma humana en su antiguo escenario
de libertad.
Como tantos otros personajes de la
joven novelística americana, los
protagonistas de El cielo protector
acaban mal. No con siguen integrarse
ni en la sociedad de donde salen ni
en la buscada por ellos. Port muere
cuando su fracaso es palpable; él y
Kit deambulan angustiosamente por el
escenario más adecuado, por un
Sáhara que representa el vacío en
donde sus almas flotan en busca de
algo nunca encontrado: la
comunicación con otros hombres, una
finalidad para la vida. Y no pueden
hallarla porque ni siquiera creen en
ella.
El desierto, paisaje ciego y
silencioso, es su mundo: mundo de
soledad y silencio, mundo de la
nada. El cielo, coraza y defensa
contra la invasión de un nihilismo
que amenaza con anegar la tierra. La
muerte de Port es un incidente al
margen. Y la vida de Kit sólo
empieza a tener sentido en la
servidumbre, desde que sintiéndose
objeto, propiedad de otro, se
reconoce en los ojos del dueño, y
aun en el odio de las demás mujeres,
como parte de sus destinos. Se ha
roto la incomunicación, y por eso el
retorno a la libertad, a la
civilización, significa volver a la
nada, a la angustia existencial.
Prefiere la esclavitud a la
angustia.
La sangre y el dolor están presentes
en las mejores páginas de Bowles. En
su novela, la última parte es
superior, quizá porque descubre el
duro remedio de la falacia
precedente, del simulacro de vida
que corroe las almas en su raíz, o
al menos las infecta con virus
indominable. Esa parte final de El
cielo protector y algunos relatos
alcanzan intenso patetismo, más
sobrecogedor por estar logrado con
objetividad. Así, La presa exquisita
o Bajo el cielo, con su línea sobria
y la densa concentración del
material, son narraciones
impresionantes, difíciles de
olvidar.
En ellas, como en casi toda la obra
de Paul Bowles, hay una violencia
latente, la presión amarga de la
naturaleza humana en sus
manifestaciones más desenfrenadas.
En Paso Rojo, Chalía vence al tedio
consintiendo que la crueldad, hasta
entonces oculta, tome posesión de su
ser. Tanto como el despecho y la
frustración de su deseo la incita a
ser cruel una oscura pasión. La
violencia resplandece en estos
libros, y las causas inmediatas de
ella -codicia, venganza- no son sino
ocasiones para que la crueldad se
manifieste en pleno fulgor.
En el mundo de la violencia las
almas van secretamente intoxicándose
hasta el revelador acto postrero
(quizá prefigurado en un sueño, como
en Mil días a Mokhtar, o quizá
suscitado por la necesidad de
parecerse a los demás, como en El
cuarto día desde Tenerife; el joven
grumete de este cuento no es
aceptado por los compañeros hasta
que por ser cruel les parece viril).
Mientras en unos la violencia es un
estado natural, ley de acero
establecida por el destino, en otros
parece una fatalidad, tributo
exigida por ese mismo destino.
Ciertas preocupaciones del autor
pasaron a la novela y encarnaron en
los personajes. Y en los de algunos
cuentos, pues el espantado pastor de
Tacaté se identifica con Bowles
cuando se consuela de la
incomprensión de sus fieles pensando
que «el aislamiento sólo existe en
la conciencia de cada hombre, pues
objetivamente éste es siempre una
parte de algo». La
incomunicabilidad, la sensación de
estar rodeado por fuerzas hostiles,
incomprensibles y reacias a
comprender, lleva a la violencia o a
la fuga. La violencia es también una
fuga en lo ciego del impulso, una
repulsa que establece como
definitiva e insalvable la
diferencia entre una y los demás,
convirtiéndolos en pretextos para el
desarrollo de una pasión: el otro no
es ya un semejante, sino algo cuya
esencia se niega para ocultar la
sensación de inquietud o de miedo
producida por la manifestación de su
diferencia.
El héroe de otro relato apunta en su
agenda la siguiente «receta para
resolver la impresión de horror
producida por una cosa: fijar la
atención sobre la situación o el
objeto dado para que sus varios
elementos, todos familiares, se
reagrupen por sí mismos. El espanto
nunca es más que una reacción frente
a lo desacostumbrado». Y esta
reflexión ayuda a comprender el arte
de Bowles, que no se encamina a
destacar los elementos extraños de
una situación, sino a ordenarlos en
su forma menos inhabitual. En él es
importante el análisis de los
sentimientos y las pasiones. Extrae
la significación profunda de lo
narrado, buscando su trascendencia.
Y si alguna vez, como en Mil días a
Mokhtar, la ironía subraya esa
significación, nunca, por el
contrario una apostilla sentimental
viene a desvirtuar la pureza de
estas creaciones.
Bowles maneja el material novelesco
con íntimo conocimiento de sus
calidades. Los elementos están
seleccionados para servir a una
expresión retenida que en sus
mejores momentos logra trasladarlos
a la escritura sin violentar su
complejidad, ni -en otros supuestos-
disimular su elementalidad. Tiene
una visión crítica de los problemas
de la novela y su presentación de
los hechos se realiza siguiendo
técnicas complementarias
mostrándolos según los percibe una
conciencia y hasta donde ella los
percibe o refiriéndolos de modo
impersonal, sin insistencia, en
forma que sean los acontecimientos
mismos, narrados con escueta
objetividad, quienes dejen ver el
contenido de las almas. Cuando
describe, su mirada recoge la
realidad tal cual es, sin comentarla
ni explicarla, dejando que los
hechos instruyan al lector; la
escena está vista desde fuera y
transcrita con sabia intuición de
las perspectivas adecuadas. El arte
de Bowles es un arte mayor de edad.
Paul Bowles,
expatriado
Nuevo tratamiento de viejas
angustias
Lisandro Otero-La
Habana
la revista digital de cultura
cubana/seccion La opinión

Lisandro Otero,
Premio Nacional de Literatura
y Presidente de la Academia Cubana
de la Lengua
Tras la Primera Guerra Mundial
muchos intelectuales norteamericanos
se radicaron en Europa. Los dos
ejemplos más notables son los de
Ernest Hemingway y F. Scott
Fitzgerald. Pero antes se habían
alejado Ezra Pound y Gertrude Stein,
y antes aún. Henry James y
T.S.Eliot. Después se desarraigaron
otros como Richard Wright. El
universo de los expatriados no
solamente fue el dominio de los
escritores de habla inglesa. En
América Latina hemos tenido una
larga tradición ―que va desde Rubén
Darío a Alejo Carpentier―, quienes
han vivido fuera de su tierra de
nacimiento por largos períodos.
Paul Bowles se estableció en Tánger
en 1947 después de haber vivido un
largo período en México y Ceilán.
Allí le fueron a visitar con
frecuencia, sus discípulos Allen
Gingsberg y William Burroughs. Otros
que también le frecuentaban eran
Truman Capote y Tennessee Williams.
La afición a las drogas y al “amor
que no osa decir su nombre”, como lo
definía Oscar Wilde, estaba en el
origen de esa afinidad.
Ese fue el tiempo de los
iconoclastas William Burroughs, Jack
Kerouac, Gregory Corso, Gingsberg y
Ferlingheti. La imaginación
literaria dejó de ser, en EE.UU., el
reino de la épica trepidante. Una
nueva literatura del aislamiento y
la soledad, de la incomunicación y
las frustraciones surgió con
Tennessee Williams, Carson McCullers
y Truman Capote.
Quizás en la obra más conocida de
Bowles, El cielo protector, se
exprese su poética de manera
integral. Esa narración ha sido
catalogada por los críticos como una
de las cien mejores novelas de la
literatura inglesa en este siglo.
Una pareja viaja por el desierto sin
objetivo aparente, en busca de una
libertad que le es negada en el
arraigo. El viaje se convierte en
una redención, es una huída de todos
los yugos y convenciones. Mientras
más se alejan de su punto de partida
más honda es la exculpación, aunque
ese periplo no tiene destino ni
propósito. El marido muere de tifus
pero la mujer continúa el deambular
interminable.
En 1990 el director Bernardo
Bertolucci realizó un excelente
filme con esa obra y la actuación de
John Malkovich y Debra Winger. En
los personajes uno reconoce el
tránsito inocente y desinhibido de
los caracteres de El último tango en
París, del mismo director.
Bowles estudió música con Aaron
Copland, trabajó con Leonard
Bernstein y compuso obras de cámara,
óperas y música incidental para
montajes teatrales de Orson Welles y
piezas de Tennessee Williams. Fue,
quizás, el último de los genios
multifacéticos de carácter
renacentista. Escribió la música
incidental para treinta piezas
teatrales y filmes.
También laboró como investigador del
folklore magrebí para la Biblioteca
del Congreso. Bowles se explicó a sí
mismo diciendo que la música, su
medio expresivo original, no le
resultó suficiente para decir lo que
quería y tuvo que recurrir a la
literatura. Transcribió leyendas
orales y tradujo textos antiguos del
árabe magrebí al inglés. A quienes
trataban de clasificarlo les dijo
que no era un monstruo ni un santo y
confesó no tener ideas políticas. No
obstante, definió así el racismo y
la xenofobia: “como te temo, te
declaro inferior”.
Bowles se mantuvo extrañamente
alejado de los centros culturales.
Fue un caso único de un ermitaño que
sobrevivió sin patrocinadores, en
medio del aislamiento y la soledad.
En la historia de la humanidad los
grandes períodos de eclosión en la
cultura se han debido al patrocinio
de poderosas protecciones. Siempre
han sido los príncipes, los
gobiernos o los jerarcas religiosos
quienes han impulsado la cultura.
Durante muchos siglos las
encomiendas de cardenales y
arzobispos mantuvieron activos,
pintando santos, martirios y
adoraciones, a una legión de
pintores y escultores.
Paul Bowles usó la violencia y los
colapsos psicológicos como una
manera de poner de relieve
situaciones de extrema tensión y
subrayar mejor la naturaleza de sus
caracteres. Sus protagonistas a
menudo chocan con el tradicionalismo
y lo sacramental en su búsqueda de
nuevas respuestas a viejas
angustias. Verbalizó algunos de los
horrores que plagan la condición
humana lo cual le sitúa entre los
autores de este siglo cuya obra debe
ser tenida en cuenta por haber
intentado descender a los abismos de
la naturaleza del ser social.
EL EXISTENCIALISTA
EXÓTICO
Luis Antonio de
Villena
Articulo extraido de "El Mundo" –
19/Nov/1999

Luis Antonio de
Villena - Gijón - Foto:Xurde
Margaride
Quizá nadie haya definido tan
certeramente a Paul Bowles -y al
mito creado en torno a su figura y
su mundo- como Norman Mailer en un
libro conjunto sobre el escritor:
«Paul Bowles abrió el mundo del
rollo. Dio entrada al asesinato, a
las drogas, al incesto, a la muerte
de lo convencional, a la llamada de
la orgía, al fin de la
civilización...» Aunque podría
tratarse de la descripción de un
decadente del anterior fin de siglo,
en la voz de Mailer sabemos que
habla de la contracultura, del orbe
beat, de la modernidad
revolucionaria que tuvo su apogeo de
masas en los primeros años 70,
precisamente cuando Bowles volvió a
ser recuperado, tras algunos años de
olvido.
El escritor, fallecido ayer de un
paro cardiaco, había nacido en Nueva
York el 31 de diciembre de 1910
(quizá por eso Bowles solía decir
que había nacido en 1911) Paul fue
siempre un ávido lector y un gran
aficionado a la música. Pero
-además, cuando viajar aún era
cambio y aventura- tuvo una intensa
vocación de nómada que le llevó por
todo el mundo. En 1927 acudió a la
Universidad de Charlottesville, en
Virginia, y se matriculó en varias
especialidades -Francés e Historia
de la Música, entre otras- pero no
llegó a terminar ninguna.
Atraído por lo que -entonces- era
aún París para la lost generation,
en 1929, con 19 años, Bowles se
embarca rumbo a Europa. Sus años
europeos antes de la guerra -con
sucesivos regresos a Estados Unidos-
estarán marcados por la bohemia, el
afán de experimentar y sus primeras
composiciones musicales, de la mano
de Aaron Copland. En París, trata a
Gertrude Stein y a Natalie Barney,
la famosa Amazona: dos lesbianas.
Volverá a Nueva York, visitará
Alemania, España, leerá a André Gide
(su primera gran influencia
literaria) y seguirá componiendo
música. La primera partitura suya
que conservamos es de 1931: Sonata
para oboe y clarinete. Y su primera
música para el cine, de 1933, en la
película Bride of Samoa.
Pero quizá el hecho que marcaría esa
vida excéntrica y bohemia, llena de
amor por los raros, sería su
conocimiento en 1937 de Jane Auer,
una extraña chica de 20 años, con la
que se casó un año después, tras de
un viaje a México que -con el norte
de Africa- es uno de los enclaves
favoritos del escritor. La boda se
haría para asombro de todos sus
amigos, pues Jane -gran conocedora
de la literatura francesa moderna,
otra afición común- era lesbiana, y
Paul (aunque había tenido algunas
novias) fue considerado frígido por
unos y homosexual por la mayoría.
Paul y Jane Bowles compondrían una
pareja mítica de la literatura
norteamericana del exilio, hasta la
muerte de ella en 1972, en un
psiquiátrico de Málaga, tras años de
depresiones y un ataque cerebral.
Los años de la Segunda Guerra
Mundial los pasaron,
fundamentalmente, en Taxco y
Cuernavaca -México- viajando también
a Panamá y Costa Rica. Bowles le
había escrito a Gertrude Stein, al
principio de su relación matrimonial
con Jane: «Estoy casado con una
chica que odia la naturaleza, y aquí
estamos rodeados de volcanes,
terremotos y monos». Para algunos
Jane fue el verdadero detonante de
la fama excéntrica de Paul Bowles.
Aunque antes de la guerra había
publicado poemas en revistas de
vanguardia, el primer libro de
Bowles (que ya casi ha dejado la
música por la literatura) será la
novela El cielo protector publicada
en 1949, cuando ya la pareja Bowles
llevaba un par de años instalada en
Tánger -entonces ciudad de la
libertad- y que sería ya, en
adelante, y pese a los cambios
políticos, el cuartel y emblema de
nuestro hombre. Un Tánger moro y
cosmopolita, excéntrico y vicioso,
cuya imagen provenía de la
preguerra, pero que Paul Bowles -en
los finales años 40- proyectó hacia
todos sus amigos norteamericanos: De
Truman Capote a Tennessee Williams.
Trazar la idea central de El cielo
protector (que tuvo gran éxito
cuando se publicó, pero que tardó 20
años en volver a ser reeditada)
puede darnos idea de lo que siempre
será, por dentro, la literatura
bowlesiana: tres norteamericanosse
internan en el sur de Marruecos,
hacia el desierto, pero a medida que
surgen el desasosiego y los
problemas, los protagonistas, dos
hombres y una mujer -seducidos por
la áspera vida local- no sólo no
retroceden sino que siguen adelante,
llamados por su propio abismo,
sexual y crispado.
Bertolucci puso bellas imágenes al
libro en su homónima película de
1990 (en la que aparece el propio
Bowles sentado en un café de Tánger)
pero acaso no puso la necesaria
zozobra. Este existencialismo
exotista marcará siempre -en los
filos del abismo- la literatura,
cautivadora y ambigua, de quien
(incluso en el desierto) nunca dejó
de vestirse como un caballero
entallado. Con el éxito de El cielo
protector -con el dinero de esa
primera novela- Bowles se compró un
Jaguar blanco con el que paseaba por
Tánger a amigos y jóvenes
musulmanes. Luego lo vendió, porque
su vida no resultó siempre
económicamente fácil. Al contrario,
a menudo tuvo que traducir o dar
cursos universitarios para poder
hacer frente a sus gastos
cotidianos.
La siguiente novela de Bowles
-Déjala que caiga- es de 1952, y La
casa de la araña, de 1955. Sin
embargo son sus relatos cortos,
recogidos en múltiples colecciones,
desde 1950 a 1988, los que se
consideran, habitualmente, lo mejor
de su obra. Gore Vidal suele afirmar
que Bowles es el mejor escritor
norteamericano de relatos cortos. Un
auténtico maestro en esa distancia.
Cito algunos títulos, en traducción
española: El tiempo de la amistad,
Misa de Gallo o Palabras ingratas,
que fue el último. Además Bowles
publicó libros de viajes y una
autobiografía -Memorias de un
nómada, en 1972- narrando peripecias
viajeras más que intimidad. No es,
desde luego, el mejor de sus libros.
En 1981 reunió su poesía (1926-1977)
en un tomito titulado "Next to
nothing" (Cerca de nada). Al hablar
de la plural obra de Bowles -exótica
para los norteamericanos- no pueden
dejarse de lado sus traducciones,
especialmente las que hizo del árabe
dialectal de los relatos orales de
alguno de sus amigos marroquíes,
como Mohammed Mrabet, entre ellas
Amor por un puñado de pelos (1967) o
Mira y corre (1976).
Mito del malditismo tangerino,
cuajado de viajes, secretarios y
visitantes, amigo de legendarios
transgresores como William Burroughs
o Allen Ginsberg, Paul Bowles ha
sido un existencialista, un
nihilista (cercano a La náusea
sartriana) pero encandilado por un
mundo primitivo, sensual y lejano,
que hacía más llevadera la angustia.
La última novelita de Bowles -con la
aureola ya del filme de Bertolucci-
fue Muy lejos de casa (1992),
ilustrada por Miquel Barceló. Bowles
(lo vi un par de veces) era elegante
y flemático, con ojos muy azules, y
aire desesperado y correctísimo. Me
gusta una frase suya: «Cuando había
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