
PRÓLOGO - VENCIDOS O
VENCEDORES... |
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© Abdellatif Bouziane - 18/10/2006 - TANGEREXPRESS.COM
¿Quiénes escriben
la historia, los vencedores o los
vencidos? Las controversias entre
historiadores son tan antiguas como
la propia historia, y es un tópico
muy arraigado dejarse convencer por
las versiones de unos u otros. El
convencimiento de que la historia
refleja unos hechos indiscutibles o
el estado real de unas memorias
colectivas, depende de la capacidad
que posee el historiador en
recrearlos.
Después de leer varios artículos y
textos relacionados en concreto con
la historia de Tánger, mi
convencimiento personal de una forma
indomable se agarra, cada vez más, a
la historia contada sin duda por los
vencedores, y eso se debe, según mi
corto entender, a que la influencia
y el peso tanto de los relatos
orales como de las anécdotas
contadas son una fuente importante
de información que refuerza la
veracidad de la historia y fortalece
la unión de las personas con su
pasado.
La
Historia de Tánger
© Abdellatif Bouziane - 18/10/2006 - TANGEREXPRESS.COM

LA PLAYA DE
TÁNGER |

Conferencia
de Paris 1909 / Statuto de
Tánger |
Tánger Berbère
Tanja en lengua berebere significa
humedal, lo que nos llevaría a
probar la existencia de un
asentamiento humano “Amazigh”
bastante anterior a la llegada de
los fenicios. Amazigh es el nombre
con el que designaba a los primeros
habitantes del Zagreb, sin embargo,
el término berebere es tan sólo un
derivado del término bárbaro con el
que los griegos nombraban a todos
aquellos que no eran helénicos.
Tánger, el mito
Tánger no es solo una simple
referencia geográfica e histórica.
Su origen va más allá y se
entremezcla, pasionalmente, entre la
leyenda y la realidad. Tiene que ser
la mitología griega y berebere, la
única y posible explicación del
nacimiento de Tánger.
Cuentan las lenguas beréberes que
fue construida por Sufax, el hijo de
Tingis, la esposa del héroe berebere
Anteo (Atlas).
Por otra parte, las leyendas
griegas, abundantemente
documentadas, y con bellos relatos,
atribuyen el dominio de Tánger al
gigante Anteo hijo, según la
mitología plutoniana, de Poseidón
(dios del mar) y de Gea (diosa de la
tierra) cuya tumba se ubicaría
alrededor de las colinas del Charf
de Tánger. Su territorio que
abarcaba desde Ceuta hasta Lixus
(Larrache) lo llamó Tinga, por su
madre. Dicen que en dichas tierras
crecían los jardines de las
hespérides, en los que florecían
árboles con frutos de oro. Aquel
valioso tesoro lo velaban con la
ayuda de Landón el dragón de siete
cabezas y tres ninfas: Egle (la
resplandeciente), Erita (la roja) y
Hesperaretusa (la aretusa de
poniente). Pero el semidiós más
popular de la antigua Grecia
Heracles -Hércules para los romanos-
consiguió apoderarse de las manzanas
de oro tan deseadas, mandando al
dios Atlas (la cadena montañosa más
importante de Marruecos lleva su
nombre) en su lugar para luchar
contra Landón. Cuando Heracles llegó
a los dominios de Anteo, fue
desafiado a muerte por éste. Hubo
una lucha titánica entre los dos.
Cada vez que Anteo tocaba la tierra,
o sea Gea, su madre recuperaba de
inmediato toda su fuerza.
Finalmente, Heracles pudo con Anteo,
ahogándolo mientras lo sostenía en
el aire. Durante la batalla un golpe
de sable de Heracles abrió el
estrecho de Gibraltar en dos
columnas, simbolizando así, durante
muchos años, los límites de nuestro
viejo mundo. Heracles tomó por
esposa a la viuda de Anteo. Ésta le
dio un hijo, Sufax, quien en honor a
su madre llamo a la ciudad Tingis.
Con el hijo de Sufax engendró a
Diodo Ros, comenzando con él la
dinastía mauritana.
En base a esa mitología tan
emocionante, la construcción de la
gruta de Hércules se atribuye a
Heracles y representa, actualmente,
una de las más importantes
atracciones turísticas de Tánger.
Todos los argumentos míticos e
históricos de los autores de la
antigua Grecia apuntaron y elogiaron
a Tánger por su belleza y grandeza,
así como por la hermosura de sus
hombres, los primitivos nativos de
Tingis.
Tánger Fenicia
La realidad de los hechos apunta a
que los primeros invasores de Tánger
fueron los fenicios, alrededor de
1450 AC. Procedían de la franja
costera sirio-libanesa, conocida
como Caanan. Unos de los aspectos
fundamentales que les empujaron a
expandirse para buscar fortuna, era
esencialmente su espíritu de
población viajera y hábil como
comerciante. Su vida estaba basaba
en la explotación marítima,
prestando poco interés en la
conquista interior de las tribus
primitivas beréberes, así como a la
colonización de las regiones
agrícolas interiores.
Se establecieron negociando, con
fortaleza, únicamente a lo largo de
las costas mediterráneas. Tánger era
la más pujante metrópolis fenicia.
De esta ciudad tan sólo se han
conservado dos necrópolis fenicias,
una en la colina de marshan y otra
en la casabah.
Tánger Cartaginesa
Alrededor de los años 450-475 AC,
Tánger fue llamada Tangis por los
cartagineses que remplazaron a los
fenicios en el norte de África.
También conoció otros nombres, según
algunos argumentos griegos y romanos
históricamente registrados, como
Tenga, Tinga o Titga.
Los cartaginenses al ser un pueblo
más civilizado, hicieron prosperar a
Tánger como ciudad costera,
mejoraron la técnica del pescado
salado para su conservación,
consiguieron grandes hazañas en
agricultura, introdujeron el trigo
y, probablemente, la uva.
Comercializaban con minerales
preciados, objetos de lujo,
perfumes... Desarrollaron una gran
actividad comercial basada en el
intercambio de productos propios.
Ejercitaron una influencia cultural
considerable sobre los beréberes.
Asimismo se dedicaron a la caza, en
las montañas del Atlas, de los
elefantes salvajes que,
posteriormente, adiestraban para las
guerras.
Tánger Romana
Después de la caída de Cartago,
centro principal en manos de los
romanos, Tánger recibió un severo
castigo y fue arrasada por el
ejército romano. Los siguientes 400
años se presentaron oscuros, y muy
poco se sabe sobre este periodo.
Pero con la llegada del emperador
Augusto, en el año 38 AC, Tánger
adoptó el nombre de Colonia Julia y
sus habitantes adquieren la
categoría de ciudadanos romanos de
pleno derecho. Tánger permaneció,
bajo este imperio, como una ciudad
libre hasta la llegada de Claudio en
el año 42 DC. Quien la convirtió en
metrópolis y capital administrativa
y militar de la Mauritania
Tingitana, dependiente de Hispania.
Durante aquellos años Tánger conoció
la apoteosis de la civilización
romana. Se convierte en uno de los
puertos más importantes del
Mediterráneo. La presencia romana ha
tenido muy poca influencia sobre la
vida cotidiana del pueblo berebere,
quien se mantuvo impenetrable a la
dominación expansioncita y que se
aferro a su patrimonio cultural y
mantuvieron un cierto grado de
civilización nativa, tal como figura
con evidencia en unas inscripciones
latinas. A mediados del siglo V
comenzó el declive del imperio
romano arrastrando con él, sin
excepción, la ciudad de Tingis.
Hay que destacar la genialidad que
siempre ha caracterizado a los
romanos en la planificación vial y
urbanística de Tingis, orientándola
en dos líneas, una de este a oeste y
otra de norte a sur, con dos puertas
principales la puerta de calle
Syaghins y la puerta del Puerto (Bab
Bhar). El zoco chico era el centro
de Tingis. A nivel comercial e
industrial poco que destacar, todas
las actividades siguieron teniendo
relación con el mar.
Tánger durante el dominio de los
Vandalos y los Visigodos
Con el cristianismo el imperio
romano fue salpicado por varias
crisis económicas y, a principios
del siglo V, Tingis fue invadida por
los bárbaros y los vándalos,
originarios bálticos, que se
aprovecharon de aquella débil
situación apoderándose de la ciudad.
Eran guerreros y se dedicaban a
saquear las costas de la Mauritania
Tingitana. Fueron derrotados y
expulsados, un siglo mas tarde, por
los propios romanos. Fue una
reconquista corta pues coincidió con
el comienzo del fin de la ocupación.
Tánger pasa a formar parte del
imperio bizantino y a integrarse,
totalmente, al mundo cristiano
mediterráneo. Esta condición implicó
que Tingis estuviera durante ese
tiempo bajo el dominio visigodo.
Después de la construcción de
múltiples fortificaciones por el
norte de África, empezaron numerosos
y serios conflictos religiosos entre
cristianos y monofisitas, lo que
debilitó y dividió el país. Por
aquella época, nacía el Islam.
Tánger Arabe y la llegada del
Islam
La población de Tánger (norte de
África) se compone de los Rumi
descendientes de los antiguos
súbditos bizantinos, de los Afaric
beréberes con características de
bastante influencia romana y de los
Beréberes autóctonos, conservándose
todavía su lengua ancestral.
En el año 683 entran en Tánger, para
invadir Marruecos, las tropas del
general árabe Oqba Ben Nafi y, a
principios del siglo VIII, sin
ninguna resistencia, el ejército
árabe de Moussa Ben Nousair llega a
Tánger cuya población estaba
formada, en aquella época, por los
Ghomara, poderosos bereberes de
origen sanhaja. Pocos años después,
en 711 el teniente Tarik Ben Ziad,
de origen berebere, designado
gobernador de la ciudad por Moussa
Ben Nousair, conquistó la península
ibérica y dio nombre a la actual
Gibraltar (Jebal Tarik). Del mismo
modo Tarifa lleva el nombre de un
lugarteniente Tarif Ben Malek, quien
de paso puso el nombre de la Isla
Verde (Al Jesira AlKhadraa) a la
actual Algeciras.
A partir de ese momento Tánger fue
gobernada por varias autoridades
locales pertenecientes a la dinastía
de los Idrisses. Estos últimos
fundaron el primer estado marroquí.
Durante años se mataron entre ellos
(entre hermanos) por el dominio del
poder hasta la llegada de los
Almorávides (los Morabitines) a
finales del siglo XI, liderados por
un impecable y excelente Yussef Ben
Tachfin, quien llevo sus conquistas
hasta Argelia. Fue caracterizado por
su astucia guerrera y por su
aplicación de la justicia. Fue el
primer gran gobernante de las
tierras de Marruecos. Posteriormente
Tánger sufrirá dos conquistas, sin
ofrecer resistencia, una en 1148 de
las fuerzas armadas del califa
almohade Abd El Moumen, y la otra en
1196 de Yacoub El Manssur.
Durante el siglo XIII comenzó la era
merinita. Tánger sufrió un tremendo
asedio por tierra y mar, muertes,
asesinatos y luchas feroces por
gobernarla.
Iben Batuta
El 24 de febrero de 1304 nació en
Tánger uno de los personajes más
universales y celebres del mundo Abú
Abdellah Mohaned Ben Ibrahim El
Luati El Tangi, conocido como IBEN
BATUTA. Viajero, explorador,
sociólogo, geógrafo y escritor,
reflejó sus memorias en una obra
maestra a la que puso por título
“Rihla” (excursión). El libro está
lleno de reflexiones sociológicas de
las poblaciones por las que viajó.
Iben Batuta era un miembro honrado
de la corte de Abú Inan, hasta el
punto de que el monarca le asignaron
una secretaria para anotar sus
historias viajeras. A pesar de ser
contemporáneo del universal Marco
Polo, su imagen y su fama no fueron
nunca ensombrecidas por éste.
Entonces, en 1889, su tumba se
declaro como santuario por el sultán
Mulay Hassan.

Iben Batuta
Tánger
Portuguesa
Los portugueses no tardaron en
volver sus ojos hacia Marruecos, con
la codicia y el objetivo de explotar
sus riquezas. Entonces el país
estaba bajo el dominio de la
dinastía Ibn Wattas. Los
portugueses, a pesar de firmar un
tratado con Ibn Wattas y de estar
éste como rehén con su familia y
5000 esclavos, invadieron Asilah,
Tánger, Essaouira (Mogador), El
Jadida (Mazagan), Zemmour, Safi,
Agadir y Ceuta… Y así fue colonizado
Marruecos por un Portugal
separatista. En 1581 Portugal pasa
al dominio español y más tarde y,
durante sesenta años, Tánger se
convierte en española bajo el
reinado de Felipe II. En 1643 Tánger
vuelve a manos portuguesas, justo
después de la independencia de
Portugal. La población nativa siguió
luchando, mientras tanto, durante
años, para recuperar la ciudad
ocupada. (En la foto: el primer
cónsul de Portugal en Tánger)
Tánger Inglesa
Tánger permaneció dominada por los
portugueses hasta el 23 de junio de
1661 y, casualmente en esta fecha,
con el fin de asegurar su alianza
con Inglaterra, la ciudad formaba
parte de la dote negociada de la
boda de la Infanta Catalina de
Braganza, hija de la reina Madre
Louisa de Braganza, con el rey
Carlos II Eduardo de Inglaterra.
La llegada de los ingleses a Tánger
fue violenta, expulsando de forma
fulminante a los portugueses. Se
dedicaron al saqueo de la ciudad y a
destruir los edificios más
emblemáticos, algunos de ellos
religiosos, pero a cambio hay que
reconocer la entrañable introducción
del té que pasó a ser, mas tarde, la
bebida nacional (“el te verde”).
Su visión ambiciosa y comercial les
impulso a ampliar el muelle del
puerto para embarcaciones mercantes
de grandes dimensiones. El 4 de
junio de 1668 se celebró un fuero
especial para Tánger (the charter of
Tangier) que otorgaba a la ciudad
libertad de comercio, de religiones
y de razas. La administración de
Tánger pasó a depender de Londres.
Fue una gran decepción para
Inglaterra que Tánger nunca llegara
a convertirse en la ciudad más
importante, ni en la joya de
incalculable valor que la corona
británica pretendía. Y eso fue
achacable, sin duda, a una nefasta
gestión económica y financiera de la
ciudad.
Después de varios ataques de los
mujahidines, enviados por el sultán
Moulay Ismael para liberar Tánger,
los ingleses se marcharon de la
ciudad no sin antes volar por los
aires el muelle del puerto y varias
fortificaciones. Seguidamente el
pachá Ali ben abadía Er. Riffi fue
designado, por el sultán Moulay
Ismael, para reconstruir la ciudad.
Tánger y su anexion a Marruecos
Durante la época de “Tánger bien
guardada” el Pacha Er. Riffi se
dedicó a reforzar, como de costumbre
hicieron sus antepasados, las
murallas de la ciudad. Después de su
muerte, su hijo Ahmed Ben Alí en
1713 heredó el poder y,
aprovechándose de las querellas por
la sucesión del trono del reino de
Marruecos, se declaró príncipe
independiente de Tánger ordenando la
construcción de su palacio de
Kasbah. Mas tarde, en 1738 muere en
una batalla de la que salieron
victoriosas las tropas del sultán
alaouite.
Con la llegada de los alaouites y,
exactamente, con el reinado de
Moulay Rachid en 1666, quien
restauró el orden en el país a base
de mano firme, se dio vida a todas
las mezquitas y se expulsaron a
todos los pretendientes.
En 1757 el Alaouite Mohamed Ben
Abdellah fue aclamado por invitar a
los ingleses, franceses y gente
judía al comercio en Essaouira.
En 1832 se instala la embajada
francesa y entre su sequito se
encontraba el famoso pintor Eugenio
Delacroix.
En 1849 huye, de una Italia
reaccionaria, el general Garibaldi
con sus tropas y se instala en
Tánger donde terminó su vida y
escribió sus memorias.
Para controlar la situación de
Tánger, en 1851 el Majzén crea una
figura nueva, el Mendub, que
ostentaría la representación del
sultán en Tánger. La sede política y
diplomática estaba en Dar Niaba, en
la calle Siyaghins. Esa
administración era la principal base
de contacto con los consulados
extranjenros. En 1856 se firma un
importante tratado de libre comercio
en Tánger, lo que impulsó a
Inglaterra a crear en 1857 un
servicio postal. Fue imitada
seguidamente por Francia, España y
Alemania. Así, Tánger conoció la
conexión telegráfica con Gibraltar,
Ceuta y Algeciras. En aquel año los
peregrinos a la Meca empezaron a
embarcar desde Tánger. También se
consagró, empujado por el cuerpo
consular, la sanidad y la gestión
eficaz de la ciudad. Se edificó un
faro en el Cabo Espartel, clave en
la circulación de los barcos por el
estrecho, que fue inaugurado en 1864
por el sultán Mohamed IV. En 1880 se
ratifica la gestión de la ciudad por
el cuerpo consular, firmando en
Madrid un tratado por el que se
reafirma la importancia de esta
gestión.
A principios del siglo XX aparece en
la región de Tánger un personaje
llamado Moulay Ahmed Raissouni,
conocido como un bravo bandolero que
se dedicaba a raptar personalidades
extranjeras. Después de su
resistencia, su deportación a
Esaouira y su detención fue nombrado
en 1905, por el sultán Moulay Hafid,
gobernador del Fahs y más tarde
gobernador del país Jbala.
En 1906, la conferencia de Algeciras
con presencia de treinta naciones
concluyo, con mantener a Tánger como
puerto franco internacional, sujeta
al control de cuatro países España,
Alemania, Gran Bretaña, y Francia,
con declarar el protectorado francés
sobre el reino de Marruecos y con
instalar a España en 1912 en el
norte de Marruecos. Mas tarde en
1922 el gobierno español declaro
fuera de la ley a Raissouni. Este
huyo a Tazrout en las montañas del
Rif.
En 1923 se firma el tratado
definitivo del estatuto de la zona
internacional de Tánger. Este
estatuto fue aclamado por varios
países y constituye una experiencia
única en la historia de la
humanidad. Esta época de Tánger
marcará y afectará profundamente el
desarrollo vital, cultural, social…
de la ciudad. Este tratado
permaneció vigente hasta 1956,
cuando Tánger se incorpora,
definitivamente, al reino de
Marruecos. En aquel año la población
extranjera de Tánger, era
aproximadamente de 150.000
habitantes, lo que suponía un tercio
de su población total.
El 9 de abril de 1947 el sultán
Mohamed V en un viaje a Tánger, y a
raíz de un discurso histórico y
memorable, marcó el renacimiento de
la conciencia nacional y animó a la
resistencia contra la ocupación
extranjera.
En agosto de 1953 el sultán Mohamed
V y toda la familia real estuvieron
deportados en Córcega y a
Madagascar, y el gobierno francés
impuso a otra persona en el trono.
Por esas fechas nacía un partido
político llamado el Istiqlal que
reivindicaba la independencia y una
constitución, a través de un
memorando enviado al sultán y las
autoridades francesas. Francia no
dudo en tomar serias represalias
contra varios dirigentes del
partido, lo que motivó que se
disparara la violencia contra los
residentes y funcionarios franceses.
Forzada, en marzo de 1956 Francia
firma un acuerdo concediendo a
Marruecos la independencia completa.
Enseguida España hizo lo mismo por
lo que Tánger perdió ese estatus
internacional durante el mismo año.
Finalmente el 18 de abril de 1960
culmina el reconocimiento
internacional de la anexión de
Tánger a Marruecos. Yo añadiría a
eso, y sin perder su gran logro
alcanzado nada más y nada menos que
la categoría de mito. Vale la pena
recordarlo, Hoy todo es ya historia
pero los sueños no me permiten
olvidarlo.
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© Abdellatif Bouziane - Noviembre/2006 - TANGEREXPRESS.COM
Era un VIAJERO tenaz. Su ciudad natal fue Tánger,
Marruecos. Nacido en algún año entre 1304 y 1307. Considerado uno de los
viajeros más importantes del siglo XIV, Ibn Battuta recorrió el mundo
islámico desde el Norte de África hasta la India. Posteriormente se dirigió
al sur de Rusia, China y las costas de Malabar y Sumatra. De vuelta a
Tánger, visitó, mas tarde, los reinos negros subsaharianos que los árabes
denominaban Bilad Al Sudán ("tierra de negros"). Fue peregrino de La Meca,
conocedor de Asia Menor, África Oriental, la Horda de Oro y Extremo Oriente.
Su viaje hasta el Níger sigue siendo aun hoy una de las principales fuentes
de información sobre la mítica ciudad del Sahel, Tombuctú y el reino de
Malí. Dio fama grande al Islam. Viajó el triple que Marco Polo, cubrió con
24 años más de 120.000 kilómetros por lo largo y ancho del mundo musulmán.
Por instigación del Sultán de Marruecos, Ibn Battuta
dictó los relatos de sus viajes, y las grandes cantidades de citas
literarias, a un estudioso llamados Muhammad Ibn Juzayy, a quien conoció
durante su estancia en la Península ibérica, quien hizo la redacción final
de su obra. Ese manuscrito lo tituló el Rihla (que significa viaje,
excursión, aventura,…), en él relató sus andanzas en una especie de diario.
En su versión árabe es una fuente fantástica de información sobre el
Mediterráneo y Oriente durante el siglo XIV. Es una exposición de culturas,
comercios, costumbres, personajes, paisajes,… casi todo tiene cabida en su
Rihla. Era una peculiar manera de viajar, típica de la época, valiéndose de
las hospitalidades de las poblaciones musulmanas e islamizadas así como de
su gran adaptación a los sitios que visitaba. La expansión del Islam le
permitió recorrer lugares tan distantes y tan distintos.

Ibn Batuta Adventure |

IBEN BATUTA Y MULAY MOHAMED |
En su Rihla, Battuta describe un cuadro espléndido del
mundo islámico medieval. Desde la aparición del Islam en el siglo VII, los
viajeros fueron siempre bien respetados y respaldados por políticos,
militares así como por el resto de la población, y eso debido al progreso de
una civilización naciente que deseaba el conocimiento. A lo largo de toda su
historia, “el viajero tangerino medieval”, transmite la generosidad
desbordante que encontró en casi todos los lugares por los cuales fue.
También en su obra aparecen varios textos literarios consagrados al estudio
de la geografía descriptiva, de la cosmografía retratada y al conocimiento
de los territorios que pertenecían al imperio islámico, que se extendía
desde China hasta Al Ándalus. La imagen observadora y meticulosa de Ibn
Battuta se destacaba por las diferencias culturales enormes del mundo
islámico sobre el resto del mundo. Ya, por entonces, era su gran riqueza.

Richla
Su historia está contada de una forma clásica, relativa y
siempre basada en la exploración de la historia de la civilización islámica.
El viajero, por ejemplo, describe el desmembramiento de Al Ándalus a manos
de las tropas castellanas, narra las sanguinarias campañas mongoles por Irak
y Afganistán y detalla la floreciente vida de aquellos tiempos en las islas
Maldivas. También, la Rihla presume de una fuente inagotable de datos
etiológicos con numerosas alusiones a la agricultura, a la música, a la
moda, al comercio, a la gastronomía y a otros aspectos como los hábitos
liberales de convivencia. También hace una descripción interesante de los
ritos seguidos por las principales escuelas teológicas musulmanas.
Su obra se destaca, se manifiesta, acepta las diferencias
y la variedad de pensamientos, tradiciones, religiones y reclama una
apertura del espíritu que permite la coexistencia mutua entre las personas y
los pueblos. Sus relatos y sus historias eran muy atractivas para el lector
de entonces y también para el actual. Sus anécdotas eran admirables,
frecuentes, mágicas, coloridas, impregnadas de sabiduría y esoterismo. Ibn
Battuta vio así circular, delante de sus ojos, un mundo fascinante lleno de
magia y asombro.
Destaca en su Rihla la descripción de Alejandría y su
faro. Bello monumento, una de las siete maravillas del mundo, mientras que
la ciudad le impresionó por resplandeciente y luminosa. La relató como “Una
doncella fulgurante con sus aderezos”, cuya belleza alumbra el Magreb. Punto
de reunión de caminantes y viajeros, lugar de débiles y fuertes, donde
puedes hallar lo que gustes: ignorantes o sabios, serios o risueños,
indulgentes o necios, modestos o nobles, linajudos o plebeyos, desconocidos
o famosos. Sus habitantes se agitan como las olas del mar y casi no les
basta la estrechez de su extensión, pese a ser amplia y con gran capacidad.
Goza de juventud eterna y jamás la estrella de la felicidad la abandona.
Quienes la señorean han vencido a las naciones. Sus reyes dominan a los
puntales de árabes y extranjeros. Dispone para sí del Nilo, con lo que
acrecienta su fama y le exime de impetrar la lluvia. Recorrer sus
territorios, generosos y acogedores ante el forastero, requiere un mes de
marcha para un caminante incansable".
Sus relatos de Rihla están considerados, por varios
historiadores y científicos, de lo más interesantes y completos del siglo
XIV. El viajero pretendía, transmitir, contar, expresar con fantasía y
conciencia, la historia, los hechos vistos y vividos con una gran dosis de
información.

Batuta |

Viajar |
Con la edad de aproximadamente veinte años, Ibn Battuta
fue por tierra en peregrinación a la Meca. Siguió la costa norte de África
hasta que alcanzó El Cairo, entonces territorio mameluco. La ruta elegida a
seguir era relativamente segura, pero era considerada como la menos
utilizada y la menos frecuentada de las tres existentes. Entonces, Ibn
Battuta se había ya embarcado en la primera de sus aventuras viajeras. El
viaje a través del Nilo río arriba, y luego al este, por tierra, al puerto
del Mar Rojo de Aydhad, en el que se vio obligado a parar a causa de una
rebelión local.
De El Cairo inició el camino de nuevo, esta vez en
dirección a Damasco controlada también por los mamelucos, y donde paso el
mes de ramadàn. Quería alcanzar la Meca pasando por Siria. Era una ventaja
adicional, la de cruzar lugares santos que estaban a lo largo de la ruta,
Hebròn, Jerusalén y Belén, por ejemplo. Ibn Battuta efectuó la ruta de 800
millas en caravana hasta la Medina, lugar de entierro del profeta Mahoma.
Cuatro días más tarde, llego a la Meca. Allí cumplió los ritos habituales de
un peregrino musulmán. Tras reflexionar e iniciar los preparativos para
volver a casa, decidió, en cambio, continuar viajando. Su próximo destino
era Irak e Irán (Il Khanato).
Una vez más, asociado a una caravana, cruzó la frontera a
Mesopotamia y visitó Al Najaf, el lugar de enterramiento del cuarto califa
Alí. Desde allí viajó a Basora, luego Ispahán. Los siguientes sitios fueron
Shiraz y Bagdad. Allí encontró a Abú Said, el último gobernante de Irak e
Irán unificados. Éste último puso a Ibn Battuta la caravana real para dar un
giró a su viaje hacia el norte a través de la ruta de la seda, exactamente a
Tabriz. Esta era la principal ciudad en la región que abría sus puertas a
los mongoles, y era un importante e innovador centro comercial.
Después de este recorrido, el Hajj Ibn Battuta se embarcó
en un segundo gran viaje, esta vez hasta el Mar Rojo y la costa este
africana. Su primera parada importante fue Adén, donde su intención era
hacer fortuna como comerciante de los bienes que fluían en la península
arábiga a través del Océano Índico. Antes de hacerlo, sin embargo, se
decidió a tener una última aventura y se apuntó a un viaje siguiendo la
costa de África, pasando alrededor de una semana en cada uno de sus
destinos. Visitó Etiopía, Mogadiscio, Mombasa, Zanzíbar y Kilwa, entre
otros. Con el cambio del monzón, y en Arabia, completó su aventura, antes
visitando Omán y los Estrechos de Oremus.
Tras volver y pasar un año en la Meca, Ibn Batuta,
gracias a su capacidad de los años de estudio fue distinguido como Cadi
(juez) por el sultán Muhammad Tuguluq. Pero su confrontación con la ambición
de viajar le empujo a decidirse a buscar empleo en la India con el Sultán de
Delhi. Impulsado por la necesidad de un guía y traductor, para viajar a la
India, emprendió un viaje a Anatolia, entonces bajo el control de los
turcos, para unirse a una de las caravanas que iban allí. Fue un viaje por
mar desde Damasco en un barco genovés que lo llevó hasta Alanya en la costa
sur de la Turquía moderna. Desde allí viajó por tierra a Konya y después a
Sinope en la costa del Mar Negro. Cruzando éste, Ibn Battuta tomó tierra en
Kaffa, en Crimea, y entró en las tierras de la Horda de Oro. Allí compró un
carro y, de manera fortuita, se unió a la caravana de Ozbeg, el Khan de la
Horda de Oro, en dirección hacia Astrakhan a lo largo del río Volga y más
tarde llega a Constantinopla. Tras llegar allí alrededor de finales del año
1332, encontró al emperador Andrónico III y vio el exterior de Santa Sofía.
Después de un mes en la ciudad, volvió sobre su ruta hacia Astrakhan.
Continuó más allá del Mar Caspio y el Mar de Aral a Bujara y Samarcanda.
Desde allí viajó hacia el sur hasta Afganistán, donde a pie y por las
montañas cruzó a la India. El Sultán de Delhi había decidido sumar como
fuera a Ibn Battuta a todos los estudiosos musulmanes posibles para
consolidar su dominio. Con el paso del tiempo el Sultán inestable e irradico
desconfió de la labor de Ibn Battuta, quien pasó de ser un subordinado de
confianza a estar bajo sospecha, infundada e injustificable. Entonces, con
el pretexto de alejarlo, el Sultán le ofreció la alternativa de ir como
embajador a China. Dada la oportunidad tanto de retirarse del sultán como de
visitar nuevas tierras, Ibn Battuta acepto el desafió.
Así fue como inició la ruta hacia la costa llena de
peligros y expuesta, constantemente, a los ataques de los rebeldes hindúes,
pero él y su grupo lograron alcanzar, con dificultad y superando algunos
problemas con los asaltantes, Cambay. Desde allí navegaron a Calicut. Pero,
mientras Ibn Battuta visitaba una mezquita, se desencadenó una violenta
tormenta y dos de los barcos de su expedición resultaron hundidos. El rey de
sumatra se aprovechó de la situación y terminó requisándole unos meses a
quedarse. No obstante, mas tarde, temeroso de volver a Delhi como fracasado,
permaneció un tiempo en el sur bajo la protección de Jamal Al Din, pero
cuando este hombre justo fue derrocado, Ibn Battuta fue obligado a abandonar
la India y marchó rumbo hacia China, con un desvío a las Maldivas. Era el
comienzo de otro apasionante viaje.

Ibn Batuta barco de la época |

Ibn Batuta en Alejandría |
El las Maldivas pasó nueve meses, mucho más de lo que se
proponía. Fue nombrado juez instructor, y sus habilidades judiciales eran
muy deseables, razón por la que fue medio sobornado, medio secuestrado para
que se quedarse. Fue manipulado para contraer matrimonio dentro de la
familia real y más adelante se vio enredado en la política local. Terminó
por marcharse, cansado de las incomprensibles conjuras y maniobras
políticas. Desde allí, continuó a Ceilán para visitar el Pico de Adán.
Navegando desde Ceilán, su barco casi se hunde en medio de una tormenta,
pero la suerte le salvó y fue rescatado, para luego ser atacado por piratas.
Nada mas desembarcar en la costa del Pico de Adán, Ibn Battuta emprendió el
camino de vuelta a Calicut, desde donde navegó otra vez hacia las Maldivas
con la intención alcanzar por fin China. Esta vez tuvo éxito alcanzando
fugazmente, y sucesivamente, Chittagong, Sumatra, Vietnam, y finalmente
Quanzhou en la provincia de Fujian, China. Desde allí fue al norte hasta
Hangzhou, no lejos de la moderna Shangai.
En Hangzhou, Ibn Battuta decidió volver a casa. Volviendo
a Damasco trazó la ruta como replica de su primer hajj. En el viaje supo de
la muerte de su padre, y durante aquel año la peste negra empezó a
extenderse por su camino hacia Siria, Palestina y Arabia. Llegando a la meca
tomó la decisión de regresar a Marruecos casi un cuarto de siglo después de
salir de allí. Durante el último tramo de este viaje de vuelta Ibn Battuta
se permitió lujo, como amante viajero, de hacer un desvío apacible y
placentero hasta Cerdeña, luego volvió a Tánger para descubrir que su madre
también había muerto pocos meses antes.
Habiéndose establecido en Tánger por unos pocos años, Ibn
Battuta comienza su viaje por Al Andalus (España musulmana), uniéndose a un
grupo de musulmanes que salían de Tánger con la intención de defender
Gibraltar amenazada de ser conquistada por Alfonso XI de Castilla. Por
aquella época, la peste negra había llegado a tierras hispanas llevándose la
vida de Alfonso lo que debilitó la amenaza de la invasión, así que Ibn
Battuta varió el motivo de su visita y volvió al verdadero atributo de
viajar por placer. Llegó Valencia y terminó en Granada.
Al dejar España decidió explorar una de las pocas partes
del mundo musulmán que le quedaba por conocer: Marruecos. Se detuvo poco
tiempo en Marrakech, que era casi una ciudad fantasma tras la reciente
epidemia, y se instaló una temporada larga en la capital Fez. Una vez más
retornó a Tánger, y una vez más siguió viajando. Esta vez decidió partir a
visitar el reino musulmán en el extremo lejano del Desierto del Sahara
occidental, exactamente al rey de Malí, Manza Musa, un extravagante rico y
poseedor de una fortuna incalculable en oro, a quien había conocido en el
Cairo. Nada mas conocer a este personaje y enterarse de su abultada riqueza,
se comentó que ese conocimiento debió haber plantado una semilla en su
mente, pero que nunca, Ibn Battua, la mencionó específicamente. En el año
1351 Partió otra vez hacia Fez. En esta ciudad, en una caravana, durante el
invierno, comenzó la aventura del desierto y del Sahara. Alcanzó el Sahara
central, exactamente Taghaza, centro comercial de sal y oro de Malí, pero
Ibn Battuta no tuvo una favorable impresión del lugar y emprendió otros 800
Km. a través de la peor parte del desierto que lo llevó a Malí, en
particular, a la localidad de Walata. Desde allí viajó al suroeste a lo
largo del río Níger que el creía era el Nilo hasta que alcanzó la capital de
Imperio de Malí. Allí encontró al rey Mansa Mussa Sulayman. Dudoso de la
miserable hospitalidad ofrecida, permaneció, sin embargo, durante ocho meses
antes de volverse hasta el Níger hacia Tombuctú. Ibn Battuta pronto siguió
adelante. En algún sitio de su viaje, a través del desierto, recibió un
mensaje del Sultán de Marruecos ordenándole volver a casa. Así lo hizo, y
esta vez, por fin, se quedó.

Viaje Ibn Batuta

Mapa Ibn Batuta
Tras la publicación de la Rihla, se conoce poco de la
vida del peregrino incasable. Ibn Battuta murió en su ciudad natal Tánger,
en algún momento entre 1368 y 1377. Durante siglos su libro fue desconocido,
incluso dentro del mundo musulmán, pero en el siglo XIX fue redescubierto y
traducido a varios idiomas europeos. Desde entonces Ibn Battuta ha aumentado
su fama y es ahora una figura bien conocida mundialmente.
La ausencia de datos biográficos exactos ha hecho difícil
para los estudiosos trazar un retrato fiel de este viajero, lo que nada
tiene de raro, pues hasta el propio Cristóbal Colón no dejó ninguna imagen
confiable, hecha por algún contemporáneo. Pero de Ibn Battuta se pueden
decir al menos dos cosas con seguridad, la primera era que tenía una firme
voluntad de cambiar permanentemente de domicilio, y la segunda era su
carácter de cierto delirio de grandeza, que contrasta con su mucha más
probable y gris realidad de peregrino. El propio Ibn Battuta era
medianamente culto, pero siempre, y constantemente, estaba presumiendo de
ser letrado y de haberse formado en numerosas disciplinas. Así, y con
orgullo, también comentaba en sus declaraciones los recibimientos magníficos
que le habían dispensado reyes y mandatarios y al mismo tiempo aparecen
textos en la Rihla que revelan su hábito de cobijarse en albergues para
caminantes pobres. En los años que viajó, o en la época que vivió, Ibn
Battuta, el peregrino podía viajar durante años sin mayores penurias. Dos
factores que permitieron su larga peripecia fueron, por una parte, la unidad
de las naciones y pueblos islamizados, y por otra parte la hospitalidad que
existía en los pueblos pastores. En el mundo islámico se había desarrollado
una red de conventos, ermitas musulmanas (morabitos) y hospitales, que
acogían a viajeros, faquires y pobres, y cuyo fundamento era el fomento de
la hermandad musulmana, financiada con fondos públicos y a través de
donaciones piadosas.

Santuario Ibn Batuta |

Ibn Batuta en la web |
Fuera quien fuese, lo cierto es que su nombre integra la
lista de los más extraordinarios viajeros y, quizás, la de los más
injustamente ignorados. Hoy, cualquiera en su nativa ciudad de Tánger no
sabe dónde se encuentra la tumba que guarda sus huesos, o el polvo que queda
de ellos.
UNA QUASIFICTIONAL STORY SOBRE
EL RAISSOUNI:
EL VIENTO Y EL LEÓN (J. MILIUS,
1975).
Francisco
Salvador Ventura
Historiador del Cine /Granada
METAKINEMA | Revista de Cine e
Historia

1975 - El viento
y el León
Parece
bastante asumida ya como
realidad manifiesta la
potencialidad del discurso
fílmico para establecer una
particular visión de la
Historia, condicionando no sólo
versiones determinadas de
épocas, personajes, conflictos,
etc., sino también encumbrando a
un status preferente otros
tantos menos significativos e
incluso ficticios, todos ellos
con el denominador común de
convertirse en parte de un
imaginario contemporáneo que
cuenta con la fuerza de su
extensión cuasi universal. En lo
que se refiere a las abundantes
recreaciones biográficas de
personajes concretos, la
atención se ha dirigido casi
siempre hacia individuos con una
gran trascendencia en el momento
en el que vivieron y una marcada
proyección hacia las épocas
posteriores, caso de figuras
como las de Cristóbal Colón,
Isabel I de Inglaterra, Napoleón
y Gandhi, por citar ejemplos de
cronología distinta. Con menos
frecuencia los tratados son
otros con un menor relieve en su
momento, o bien, si llegaron a
tenerlo éste se mantuvo en una
dimensión espacial bastante
reducida, el ejemplo quizá más
emblemático es el del líder de
la rebelión de los esclavos de
la Roma republicana Espartaco,
catapultado Kubrick mediante al
olimpo de las grandes figuras de
la Antigüedad. Y una tercera vía
está representada por aquellos
otros personajes fruto de la
ficción, comúnmente literaria,
ubicados en un contexto
histórico delineado con gran
cuidado, como ocurre con el
Guillermo de Baskerville de ‘El
nombre de la rosa’ o el capitán
Alatriste. En principio, no se
encontraría entre los perfiles
biográficos más atractivos para
la gran industria
cinematográfica el que ofrece un
poco conocido líder bereber del
Rif de finales del siglo XIX y
principios de la centuria
siguiente. A pesar de su
reducida resonancia histórica,
se le sitúa como protagonista y
modelo heroico de una gran
producción de mediados de los
años setenta, con el trasfondo
de una abigarrada y confusa
situación internacional. En
ella, además de una gran
significación, apreciablemente
magnificada, de los Estados
Unidos de América y de su
presidente Roosevelt, aparecen
representadas las grandes
potencias coloniales que durante
la época se disputaban los
territorios africanos:
Inglaterra, Francia y Alemania.
Ante todo este contexto de
rivalidades e intereses
entrecruzados se erige con
nitidez la firmeza y el valor de
un auténtico hombre
extraordinario, un dirigente
cuyo retrato ha sido concebido
para concitar la simpatía
incondicional de los
espectadores, a pesar de algún
episodio de difícil digestión
para los parámetros diet-éticos
actuales, cual es el que muestra
la degollación de dos individuos
escogidos al azar dentro de un
grupo de delincuentes, cuyo
único delito había sido utilizar
el agua de un pozo que no les
pertenecía.
El origen de la relación de John
Milius con este extravagante
personaje no se distingue con
claridad a primera vista, no se
conoce la vía por la que llegó a
conocerlo y sentir admiración
por él, pero no resultaría
infundado pensar, si se observa
la trayectoria personal del
director, que debió de
producirse una cierta
identificación con la biografía
de El Raissouni. Milius tuvo una
irregular relación profesional
con la potente industria
norteamericana, por definición
reacia a aceptar relieves más
propios de un autor a la
occidental, de manera que su
fuerte personalidad le mantuvo,
desde diferentes posiciones a lo
largo de su carrera, en un
frecuente forcejeo con ella. Sus
trabajos se extienden
cronológicamente a través de las
décadas de los setenta, ochenta
y mediados de los noventa,
momento a partir del cual apenas
se sabe nada de su persona.
Varias son las facetas en las
que desarrolló en su trayectoria
cinematográfica, desde la de
productor, en películas como ‘Un
mundo oculto’ (1979) y ‘Más allá
del valor’ (1983); hasta la
prolífica de guionista, con
abundantes títulos como ‘Harry
el fuerte’ (1973), ‘Apocalipsis
Now’ (1979) y ‘Jerónimo, la
leyenda’ (1993); pasando por la
responsabilidad de la dirección,
en filmes como ‘Conan el
bárbaro’ (1982) y ‘Adiós al rey’
(1989). En trabajos de
naturaleza tan dispar se aprecia
siempre el denominador común de
una línea argumental que las
relaciona con el perfil de un
individuo independiente, que
presenta en su comportamiento un
código moral propio, con
frecuencia distinto al imperante
en la moral establecida. Tal
actitud conduce a un
enfrentamiento sistemático con
un entorno hostil, que
indefectiblemente le acaba
orientando a una posición de
exclusión. Se trata de
personajes en cuya vida prima
sobre cualquier otra faceta la
acción, en circunstancias
marcadas por un reiterado
contacto con la violencia, ya
sean dentro del terreno de lo
militar o ya con distintas
modalidades de guerreros, así
como también en los turbios
ambientes del mundo de los
gángsters. En la biografía de
tales individuos la experiencia
de haber sufrido con
anterioridad un contacto directo
con la muerte les ha
transformado de manera drástica
la vida, de modo que tras esa
dura ‘iniciación’ se ven
obligados a mantener a partir de
entonces una relación distinta
con ella, al haberse producido
un profundo e irreversible
replanteamiento de sus
principios vitales.
La cabalgada inicial de un grupo
de guerreros lleva hasta la
apacible residencia en Tánger de
una mujer occidental, lugar
donde es raptada junto a sus
hijos por alguien presentado
desde el primer momento con un
aura de personaje fuera de lo
común, a quien sus subordinados
sirven humillándose cual si de
un cuasi-dios se tratara. Con
rapidez, se conocen las
coordenadas identificativas de
los tres personajes sobre los
que se construye el armazón de
la película: El Raisuli (éste es
el nombre que se le da en el
film), líder político-religioso
‘rebelde’ del Rif; la señora
Pedecaris, esposa del cónsul de
los EEUU en Tánger; y Theodor
Roosevelt, el presidente
norteamericano que en plena
campaña electoral asiste
contrariado a acontecimientos
que, en principio, podrían
perjudicar su victoria. La
posición de cada uno de ellos en
relación con el rapto queda
explicitada de manera inmediata
en el transcurso de la película.
Los escenarios de la acción son
fundamentalmente cuatro:
diversos emplazamientos en los
EEUU, en los que se desenvuelve
la vida del presidente; la
ciudad de Tánger, dirigida por
un impasible y hedonista
mandatario, relacionado por
vínculos sanguíneos tanto con el
protagonista como con el sultán
del reino; la corte de Fez, en
la que un débil y caprichoso
sultán mantiene una regalada
vida palaciega, adulado de forma
permanente por representantes de
los diferentes países que
aspiran a obtener sus favores
políticos y económicos; y el
castillo de El Raisuli, lugar en
el que permanecen los raptados a
la espera de acontecimientos. El
pulso entre el gigante americano
y el héroe rifeño se resuelve
con un golpe de mano militar, en
un desembarco de factura un
tanto infantil (por momentos
casi ridícula) a través de las
calles de Tánger, a partir del
cual se propone un trato al
rebelde con el objeto de dar una
solución a la situación. El
pacto con el que se pretende
engañar a El Raisuli se lleva a
efecto, pero inexplicablemente
al final quedan exculpados ante
los espectadores los promotores
de la argucia, los
estadounidenses. Todos quedan
exonerados de cualquier
responsabilidad en el desenlace,
aprovechando para situar de
chivo expiatorio al socorrido
elemento alemán, algo convertido
en un tópico frecuente del cine
norteamericano tras el desenlace
de la segunda guerra mundial.
Los dos grandes líderes, el
rifeño y el estadounidense, se
reconocen con respeto tras el
final del conflicto, eso sí, con
la última palabra de un Raisuli
presentado de forma poética
tanto en lo que dice de forma
metafórica, como en el modo en
el que se le retrata
visualmente.
En las décadas que preceden y
suceden al cambio de la centuria
la situación interna del norte
del actual Marruecos era
bastante inestable, precariedad
a la que se añadían las
ambiciones de las potencias
occidentales en pleno éxtasis
colonialista. A las ambiciones
de las ya poderosas Inglaterra y
Francia vinculadas con el norte
de África y el control de las
vías de comunicación
mediterráneas, se unieron las de
una emergente y ambiciosa
Alemania y la cierta influencia
en la zona de la vecina España,
amén de las ansias de
protagonismo en el área de los
EEUU, aún bastante alejados de
las coordenadas de la situación.
Las disputas condujeron a un
compromiso que durante cierto
tiempo resolvió la
indeterminación, adquirido en la
Conferencia de Algeciras del año
1906. Desde el punto de vista
interno, la debilidad del
soberano reinante fue
aprovechada por numerosas
rebeliones en la práctica
totalidad del territorio, entre
las que aparecen las
relacionadas con Moulay Ahmed
Raissouni, bandolero que
controlaba amplias zonas del Rif
y que desarrolló muchas de sus
actuaciones en las proximidades
de la región de Tánger. Objetivo
de sus actos fueron varios
personajes relevantes, raptados
y liberados tras el consiguiente
pago de rescate: el corresponsal
del Times, Walter Harris, y dos
acaudalados norteamericanos, Ion
Pedecaris y su yerno. Tal
episodio es el que da origen a
la creación del personaje
interpretado por Candice Bergen,
resultado manifiesto de la
ficción, la señora Pedecaris,
esposa del cónsul de los EEUU.
En medio de toda esta situación
surgió la experiencia singular
de gestión de la ciudad de
Tánger, que a principios del
siglo, y tras un desembarco del
káiser alemán Guillermo II para
marcar su irritación ante las
demás potencias por la situación
existente, comenzó a ser
administrada por el cuerpo
diplomático allí establecido.
Unos años más adelante se
alcanzó el ‘Estatuto de Zona
Internacional’, fórmula con
difícil parangón en la historia
de la Humanidad de
administración internacional de
un territorio. Al otro lado del
océano, tras el asesinato del
presidente Mckinley la
presidencia de los EEUU fue
asumida por su vicepresidente
Roosevelt, quien aparece
retratado en el film
interactuando directamente con
el rebelde rifeño. Las
referencias a los asuntos
exteriores de su mandato y a los
inmediatamente anteriores (entre
otros a la reciente guerra en el
Caribe con España) son
utilizadas en la campaña
electoral con el objetivo de
lograr una rentabilidad que se
tradujera en la que luego sería
una victoria arrolladora. Una
fuerte gestión personalista fue
la tendencia dominante durante
el tiempo que ejerció la
presidencia, una de cuyas
medidas emblemáticas fue la
puesta en marcha del ambicioso
proyecto del canal en Panamá,
tal como visualmente se expresa
en la elocuente partición de la
tarta a la altura del istmo que
une las dos Américas.
La mayor parte de la acción se
desarrolla en el norte del
actual Marruecos, la zona
denominada geográfica e
históricamente como el Rif,
vinculada en su extremo
occidental con la ‘cosmopolita’
ciudad de Tánger. Pero gracias a
la magia del cine, las cosas
quizá no sean exactamente lo que
parecen, siendo éste un caso
bastante ilustrativo respecto de
la ficción simuladora que las
pantallas alcanzan a crear. Y
digo esto porque más que el Rif
podría decirse que las andanzas
del Raisuli se desarrollan en la
vertiente norte del Mar de
Alborán, concretamente en
Almería y alrededores. De forma
premonitaria, en los primeros
compases de la película, se
retrata al presidente Roosevelt,
con la mano sobre un globo del
mundo, donde de manera
metafórica manifiesta su poder
al situar su mano sobre él,
usando del conocido recurso
chapliniano cuando caricaturizó
a Hitler en ‘El gran dictador’.
La coartada es señalar ante su
auditorio (y ante la mayoría de
los espectadores sobre todo) el
lugar en el que se emplaza el
Rif, pero llama la atención que
sorprendentemente en la
vertiente hispana de la zona
representada la única ciudad sea
Almería, cuando por razones
históricas y de entidad en el
mundo contemporáneo parecería
más justificado que las ciudades
a ser identificadas hubieran
sido Granada y/o Málaga. Las
aventuras almerienses de El
Raisuli presentan también alguna
excursión sevillana y granadina,
pero en su mayor parte el rodaje
se realiza en tierras
almerienses. Los parajes cuasi
vírgenes próximos al Cabo de
Gata, las calles y el puerto de
la ciudad y algunos otros
edificios identificables sirven
de marco para los parajes del
Rif y la ciudad tangerina. Una
cierta concesión a los tópicos
exóticos asociados al mundo
árabe procede de la presencia de
un desierto, paisaje desconocido
en los territorios rifeños, pero
cuya asociación con un ámbito
islámico parece ser
imprescindible a ojos de los
espectadores occidentales. Gran
parte de los exteriores fueron
rodados en la zona interior de
Almería, paisajes con un pedigrí
cinematográfico contrastado
desde la década anterior. Sin
duda, el director conocía bien
muchos de estos parajes, donde
fueron filmados un importante
número de los spaghetti western
emblemáticos del género. La
cierta infraestructura ya
existente en la zona fue sin
duda aprovechada por Milius,
como lo haría con posterioridad
también en ‘Conan el bárbaro’.
Todo ello es llevado a cabo con
una apreciable sensibilidad
fotográfica que saca un partido
excelente a las posibilidades
lumínicas y coloristas de unos
paisajes tan singulares.
En el mundo occidental no
resulta en absoluto novedoso
acudir a Oriente en busca de un
plus de exotismo, motivo de
indudable atracción que hunde
sus raíces varios siglos atrás,
en particular en el XIX. Dirigir
por tanto la mirada a ese ámbito
geográfico, religioso y cultural
cuenta de partida con el
componente añadido de una magia
especial, capaz de ejercer de
bálsamo para pasar por encima de
ciertos elementos de difícil
comprensión para los parámetros
occidentales. Se parte, por
tanto, de un importante espejo
deformador del mundo que se
pretende representar, que no es
otro sino la expectación
producida por el extrañamiento
extravagante de lo oriental. A
ese primer elemento habría que
añadir una componente que se
convierte también en
imprescindible, la necesidad de
hacer intervenir a una
importante figura femenina, en
torno a la cual se pueda
establecer algún tipo de diálogo
afectivo, en un grado mayor o
menor de explicitud, con el
personaje central de El Raisuli.
Apenas se sugiere en algunas
secuencias del film, y habría
que decir que con bastante
delicadeza, la atracción que
entre los dos protagonistas
comienza a tomar cuerpo al
avanzar los acontecimientos,
sobre todo, del lado femenino.
No importaría pues que la señora
Pedecaris fuese un personaje
producto de la ficción,
simplemente está ahí porque
resulta útil para mantener un
cierto nivel de tensión
afectiva. Eso sí, las
necesidades del guión y de las
convenciones de la época la
convierten en una mujer que no
se limita a mantener una actitud
pasiva, sino que ante los
evidentes peligros por los que
atraviesan ella y sus hijos, se
manifiesta siempre y de forma
expresa como alguien que no se
atemoriza ante nada y capaz,
cuando estima necesario, de
ponerse al frente de un grupo de
soldados para liberar al héroe
cuando se halla en una
manifiesta e injusta situación
de inferioridad. El componente
norteamericano, procediendo el
film de donde procede, no puede
faltar y de manera apreciable se
observa una sobredimensión del
protagonismo desempeñado por el
país en la zona y en la
coyuntura histórica
representadas. Incluso se llega
a inventar un desembarco
ficticio en la ciudad de Tánger
(que sí se produjo, como se ha
dicho, pero por parte de los
alemanes), para cuya puesta en
escena se emplearon escogidos
escenarios del puerto almeriense
y del Parque de María Luisa
sevillano. La grandeza de todo
un presidente norteamericano,
explicitada en repetidos pasajes
del film, sirve al director para
elevar más aún la estatura
personal del gran héroe con el
que estaba en apariencia
midiendo sus fuerzas.
Ni que decir tiene que el gran
protagonista es Moulay Ahmed
Raissouni, en la película El
Raisuli, bandolero que adquiere
el relieve y las virtudes de
todo un gran héroe, acorde con
un patrón ya conocido dentro de
la cultura occidental. A su
desgraciada experiencia vital de
proximidad con la muerte,
peripecia de la que hace
partícipe al espectador cuando
en una secuencia la narra a sus
rehenes, sucede un liderazgo
natural, incuestionado,
protegido por la divinidad,
entre otras razones por ser
descendiente del profeta y por
ser él quien inspira sus
actuaciones. De la sumisión de
sus seguidores se deja
constancia visual manifiesta
cuando acuden presurosos a
convertirse en improvisados
pedestales en el momento en el
que tiene intención de subir al
caballo y de su lealtad sirven
de muestra la alegría con la que
es siempre recibido y despedido
al acceder o salir de su
fortaleza. Al compendio de sus
méritos habría que añadir la que
aparece como la principal virtud
que adorna a su persona, una
preparación intelectual que no
es tan frecuente compañera del
prototipo. Y, como no podía ser
de otro modo, la valentía y la
generosidad son las que rigen
todas sus decisiones, en las que
el respeto hacia la valiente
mujer occidental y la
consideración que dispensa a sus
dos hijos, no dejan indiferente
al espectador, atenuando las
posibles aristas que pudieran
emerger en algunas secuencias.
En sentido estricto, la película
histórica sobre la vida de este
personaje, resistiría
difícilmente las críticas de la
aplicación del método histórico
a la usanza académica
tradicional, forma de proceder
que resultaría a todas luces
impertinente. No se debería
olvidar que una película es una
creación libre llevada a cabo
por un ‘artista’, en este caso
un director estadounidense con
trazas de praxis cinematográfica
a la europea, de maneras
bastante díscolas en relación a
lo habitual en los parámetros
imperantes en la gran industria.
Esta quasifictional story, según
la calificación que se le otorga
en la Variety Film Review,
aspira a crear un relato que,
inspirado en un poco conocido
bandolero rifeño de principios
de siglo e influido por
experiencias personales del
director, construye una versión
personal del extendido patrón
del bandido bueno con su pueblo,
en este caso El Raisuli. A ello
habría que añadir el telón de
fondo de una difusa y a veces
contradictoria componente
anticolonialista en la forma
plasmar el contexto en el que se
desarrolla la historia, si bien
queda siempre claro el coraje
con el que el líder natural se
atreve a desafiar a los gigantes
extranjeros, actuando por
sistema a favor de los intereses
de quienes están bajo su mando.
El resultado es la composición
de un relato muy atractivo para
los espectadores en clave
inequívocamente contemporánea,
elaborando una imagen canónica,
a la que sin duda contribuyen
las cualidades personales del
actor protagonista, Sean
Connery, de un personaje del que
probablemente apenas se tendría
noticia de su existencia en
círculos restringidos y que,
gracias a esta película, pasa a
engrosar la nómina de los
bandoleros admirables y heroicos
porque luchan siempre según un
estricto código de honor en
beneficio de su pueblo. Una
muestra más de la extraordinaria
potencialidad comunicativa del
cine en el terreno de los
discursos históricos.
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