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PRÓLOGO - VENCIDOS O VENCEDORES...

 

© Abdellatif Bouziane - 18/10/2006 - TANGEREXPRESS.COM

¿Quiénes escriben la historia, los vencedores o los vencidos? Las controversias entre historiadores son tan antiguas como la propia historia, y es un tópico muy arraigado dejarse convencer por las versiones de unos u otros. El convencimiento de que la historia refleja unos hechos indiscutibles o el estado real de unas memorias colectivas, depende de la capacidad que posee el historiador en recrearlos.

Después de leer varios artículos y textos relacionados en concreto con la historia de Tánger, mi convencimiento personal de una forma indomable se agarra, cada vez más, a la historia contada sin duda por los vencedores, y eso se debe, según mi corto entender, a que la influencia y el peso tanto de los relatos orales como de las anécdotas contadas son una fuente importante de información que refuerza la veracidad de la historia y fortalece la unión de las personas con su pasado.


La Historia de Tánger

© Abdellatif Bouziane - 18/10/2006 - TANGEREXPRESS.COM


LA PLAYA DE TÁNGER

Conferencia de Paris 1909 / Statuto de Tánger

Tánger Berbère

Tanja en lengua berebere significa humedal, lo que nos llevaría a probar la existencia de un asentamiento humano “Amazigh” bastante anterior a la llegada de los fenicios. Amazigh es el nombre con el que designaba a los primeros habitantes del Zagreb, sin embargo, el término berebere es tan sólo un derivado del término bárbaro con el que los griegos nombraban a todos aquellos que no eran helénicos.

Tánger, el mito

Tánger no es solo una simple referencia geográfica e histórica. Su origen va más allá y se entremezcla, pasionalmente, entre la leyenda y la realidad. Tiene que ser la mitología griega y berebere, la única y posible explicación del nacimiento de Tánger.

Cuentan las lenguas beréberes que fue construida por Sufax, el hijo de Tingis, la esposa del héroe berebere Anteo (Atlas).

Por otra parte, las leyendas griegas, abundantemente documentadas, y con bellos relatos, atribuyen el dominio de Tánger al gigante Anteo hijo, según la mitología plutoniana, de Poseidón (dios del mar) y de Gea (diosa de la tierra) cuya tumba se ubicaría alrededor de las colinas del Charf de Tánger. Su territorio que abarcaba desde Ceuta hasta Lixus (Larrache) lo llamó Tinga, por su madre. Dicen que en dichas tierras crecían los jardines de las hespérides, en los que florecían árboles con frutos de oro. Aquel valioso tesoro lo velaban con la ayuda de Landón el dragón de siete cabezas y tres ninfas: Egle (la resplandeciente), Erita (la roja) y Hesperaretusa (la aretusa de poniente). Pero el semidiós más popular de la antigua Grecia Heracles -Hércules para los romanos- consiguió apoderarse de las manzanas de oro tan deseadas, mandando al dios Atlas (la cadena montañosa más importante de Marruecos lleva su nombre) en su lugar para luchar contra Landón. Cuando Heracles llegó a los dominios de Anteo, fue desafiado a muerte por éste. Hubo una lucha titánica entre los dos. Cada vez que Anteo tocaba la tierra, o sea Gea, su madre recuperaba de inmediato toda su fuerza. Finalmente, Heracles pudo con Anteo, ahogándolo mientras lo sostenía en el aire. Durante la batalla un golpe de sable de Heracles abrió el estrecho de Gibraltar en dos columnas, simbolizando así, durante muchos años, los límites de nuestro viejo mundo. Heracles tomó por esposa a la viuda de Anteo. Ésta le dio un hijo, Sufax, quien en honor a su madre llamo a la ciudad Tingis. Con el hijo de Sufax engendró a Diodo Ros, comenzando con él la dinastía mauritana.


En base a esa mitología tan emocionante, la construcción de la gruta de Hércules se atribuye a Heracles y representa, actualmente, una de las más importantes atracciones turísticas de Tánger.

Todos los argumentos míticos e históricos de los autores de la antigua Grecia apuntaron y elogiaron a Tánger por su belleza y grandeza, así como por la hermosura de sus hombres, los primitivos nativos de Tingis.

Tánger Fenicia

La realidad de los hechos apunta a que los primeros invasores de Tánger fueron los fenicios, alrededor de 1450 AC. Procedían de la franja costera sirio-libanesa, conocida como Caanan. Unos de los aspectos fundamentales que les empujaron a expandirse para buscar fortuna, era esencialmente su espíritu de población viajera y hábil como comerciante. Su vida estaba basaba en la explotación marítima, prestando poco interés en la conquista interior de las tribus primitivas beréberes, así como a la colonización de las regiones agrícolas interiores.

Se establecieron negociando, con fortaleza, únicamente a lo largo de las costas mediterráneas. Tánger era la más pujante metrópolis fenicia. De esta ciudad tan sólo se han conservado dos necrópolis fenicias, una en la colina de marshan y otra en la casabah.

Tánger Cartaginesa

Alrededor de los años 450-475 AC, Tánger fue llamada Tangis por los cartagineses que remplazaron a los fenicios en el norte de África. También conoció otros nombres, según algunos argumentos griegos y romanos históricamente registrados, como Tenga, Tinga o Titga.

Los cartaginenses al ser un pueblo más civilizado, hicieron prosperar a Tánger como ciudad costera, mejoraron la técnica del pescado salado para su conservación, consiguieron grandes hazañas en agricultura, introdujeron el trigo y, probablemente, la uva. Comercializaban con minerales preciados, objetos de lujo, perfumes... Desarrollaron una gran actividad comercial basada en el intercambio de productos propios. Ejercitaron una influencia cultural considerable sobre los beréberes. Asimismo se dedicaron a la caza, en las montañas del Atlas, de los elefantes salvajes que, posteriormente, adiestraban para las guerras.

Tánger Romana

Después de la caída de Cartago, centro principal en manos de los romanos, Tánger recibió un severo castigo y fue arrasada por el ejército romano. Los siguientes 400 años se presentaron oscuros, y muy poco se sabe sobre este periodo. Pero con la llegada del emperador Augusto, en el año 38 AC, Tánger adoptó el nombre de Colonia Julia y sus habitantes adquieren la categoría de ciudadanos romanos de pleno derecho. Tánger permaneció, bajo este imperio, como una ciudad libre hasta la llegada de Claudio en el año 42 DC. Quien la convirtió en metrópolis y capital administrativa y militar de la Mauritania Tingitana, dependiente de Hispania.

Durante aquellos años Tánger conoció la apoteosis de la civilización romana. Se convierte en uno de los puertos más importantes del Mediterráneo. La presencia romana ha tenido muy poca influencia sobre la vida cotidiana del pueblo berebere, quien se mantuvo impenetrable a la dominación expansioncita y que se aferro a su patrimonio cultural y mantuvieron un cierto grado de civilización nativa, tal como figura con evidencia en unas inscripciones latinas. A mediados del siglo V comenzó el declive del imperio romano arrastrando con él, sin excepción, la ciudad de Tingis.

Hay que destacar la genialidad que siempre ha caracterizado a los romanos en la planificación vial y urbanística de Tingis, orientándola en dos líneas, una de este a oeste y otra de norte a sur, con dos puertas principales la puerta de calle Syaghins y la puerta del Puerto (Bab Bhar). El zoco chico era el centro de Tingis. A nivel comercial e industrial poco que destacar, todas las actividades siguieron teniendo relación con el mar.

Tánger durante el dominio de los Vandalos y los Visigodos

Con el cristianismo el imperio romano fue salpicado por varias crisis económicas y, a principios del siglo V, Tingis fue invadida por los bárbaros y los vándalos, originarios bálticos, que se aprovecharon de aquella débil situación apoderándose de la ciudad. Eran guerreros y se dedicaban a saquear las costas de la Mauritania Tingitana. Fueron derrotados y expulsados, un siglo mas tarde, por los propios romanos. Fue una reconquista corta pues coincidió con el comienzo del fin de la ocupación. Tánger pasa a formar parte del imperio bizantino y a integrarse, totalmente, al mundo cristiano mediterráneo. Esta condición implicó que Tingis estuviera durante ese tiempo bajo el dominio visigodo. Después de la construcción de múltiples fortificaciones por el norte de África, empezaron numerosos y serios conflictos religiosos entre cristianos y monofisitas, lo que debilitó y dividió el país. Por aquella época, nacía el Islam.

Tánger Arabe y la llegada del Islam

La población de Tánger (norte de África) se compone de los Rumi descendientes de los antiguos súbditos bizantinos, de los Afaric beréberes con características de bastante influencia romana y de los Beréberes autóctonos, conservándose todavía su lengua ancestral.

En el año 683 entran en Tánger, para invadir Marruecos, las tropas del general árabe Oqba Ben Nafi y, a principios del siglo VIII, sin ninguna resistencia, el ejército árabe de Moussa Ben Nousair llega a Tánger cuya población estaba formada, en aquella época, por los Ghomara, poderosos bereberes de origen sanhaja. Pocos años después, en 711 el teniente Tarik Ben Ziad, de origen berebere, designado gobernador de la ciudad por Moussa Ben Nousair, conquistó la península ibérica y dio nombre a la actual Gibraltar (Jebal Tarik). Del mismo modo Tarifa lleva el nombre de un lugarteniente Tarif Ben Malek, quien de paso puso el nombre de la Isla Verde (Al Jesira AlKhadraa) a la actual Algeciras.

A partir de ese momento Tánger fue gobernada por varias autoridades locales pertenecientes a la dinastía de los Idrisses. Estos últimos fundaron el primer estado marroquí. Durante años se mataron entre ellos (entre hermanos) por el dominio del poder hasta la llegada de los Almorávides (los Morabitines) a finales del siglo XI, liderados por un impecable y excelente Yussef Ben Tachfin, quien llevo sus conquistas hasta Argelia. Fue caracterizado por su astucia guerrera y por su aplicación de la justicia. Fue el primer gran gobernante de las tierras de Marruecos. Posteriormente Tánger sufrirá dos conquistas, sin ofrecer resistencia, una en 1148 de las fuerzas armadas del califa almohade Abd El Moumen, y la otra en 1196 de Yacoub El Manssur.

Durante el siglo XIII comenzó la era merinita. Tánger sufrió un tremendo asedio por tierra y mar, muertes, asesinatos y luchas feroces por gobernarla.


Iben Batuta

El 24 de febrero de 1304 nació en Tánger uno de los personajes más universales y celebres del mundo Abú Abdellah Mohaned Ben Ibrahim El Luati El Tangi, conocido como IBEN BATUTA. Viajero, explorador, sociólogo, geógrafo y escritor, reflejó sus memorias en una obra maestra a la que puso por título “Rihla” (excursión). El libro está lleno de reflexiones sociológicas de las poblaciones por las que viajó. Iben Batuta era un miembro honrado de la corte de Abú Inan, hasta el punto de que el monarca le asignaron una secretaria para anotar sus historias viajeras. A pesar de ser contemporáneo del universal Marco Polo, su imagen y su fama no fueron nunca ensombrecidas por éste. Entonces, en 1889, su tumba se declaro como santuario por el sultán Mulay Hassan.


Iben Batuta

Tánger Portuguesa

Los portugueses no tardaron en volver sus ojos hacia Marruecos, con la codicia y el objetivo de explotar sus riquezas. Entonces el país estaba bajo el dominio de la dinastía Ibn Wattas. Los portugueses, a pesar de firmar un tratado con Ibn Wattas y de estar éste como rehén con su familia y 5000 esclavos, invadieron Asilah, Tánger, Essaouira (Mogador), El Jadida (Mazagan), Zemmour, Safi, Agadir y Ceuta… Y así fue colonizado Marruecos por un Portugal separatista. En 1581 Portugal pasa al dominio español y más tarde y, durante sesenta años, Tánger se convierte en española bajo el reinado de Felipe II. En 1643 Tánger vuelve a manos portuguesas, justo después de la independencia de Portugal. La población nativa siguió luchando, mientras tanto, durante años, para recuperar la ciudad ocupada. (En la foto: el primer cónsul de Portugal en Tánger)

Tánger Inglesa

Tánger permaneció dominada por los portugueses hasta el 23 de junio de 1661 y, casualmente en esta fecha, con el fin de asegurar su alianza con Inglaterra, la ciudad formaba parte de la dote negociada de la boda de la Infanta Catalina de Braganza, hija de la reina Madre Louisa de Braganza, con el rey Carlos II Eduardo de Inglaterra.

La llegada de los ingleses a Tánger fue violenta, expulsando de forma fulminante a los portugueses. Se dedicaron al saqueo de la ciudad y a destruir los edificios más emblemáticos, algunos de ellos religiosos, pero a cambio hay que reconocer la entrañable introducción del té que pasó a ser, mas tarde, la bebida nacional (“el te verde”).

Su visión ambiciosa y comercial les impulso a ampliar el muelle del puerto para embarcaciones mercantes de grandes dimensiones. El 4 de junio de 1668 se celebró un fuero especial para Tánger (the charter of Tangier) que otorgaba a la ciudad libertad de comercio, de religiones y de razas. La administración de Tánger pasó a depender de Londres.

Fue una gran decepción para Inglaterra que Tánger nunca llegara a convertirse en la ciudad más importante, ni en la joya de incalculable valor que la corona británica pretendía. Y eso fue achacable, sin duda, a una nefasta gestión económica y financiera de la ciudad.

Después de varios ataques de los mujahidines, enviados por el sultán Moulay Ismael para liberar Tánger, los ingleses se marcharon de la ciudad no sin antes volar por los aires el muelle del puerto y varias fortificaciones. Seguidamente el pachá Ali ben abadía Er. Riffi fue designado, por el sultán Moulay Ismael, para reconstruir la ciudad.

Tánger y su anexion a Marruecos

Durante la época de “Tánger bien guardada” el Pacha Er. Riffi se dedicó a reforzar, como de costumbre hicieron sus antepasados, las murallas de la ciudad. Después de su muerte, su hijo Ahmed Ben Alí en 1713 heredó el poder y, aprovechándose de las querellas por la sucesión del trono del reino de Marruecos, se declaró príncipe independiente de Tánger ordenando la construcción de su palacio de Kasbah. Mas tarde, en 1738 muere en una batalla de la que salieron victoriosas las tropas del sultán alaouite.

Con la llegada de los alaouites y, exactamente, con el reinado de Moulay Rachid en 1666, quien restauró el orden en el país a base de mano firme, se dio vida a todas las mezquitas y se expulsaron a todos los pretendientes.

En 1757 el Alaouite Mohamed Ben Abdellah fue aclamado por invitar a los ingleses, franceses y gente judía al comercio en Essaouira.

En 1832 se instala la embajada francesa y entre su sequito se encontraba el famoso pintor Eugenio Delacroix.

En 1849 huye, de una Italia reaccionaria, el general Garibaldi con sus tropas y se instala en Tánger donde terminó su vida y escribió sus memorias.

Para controlar la situación de Tánger, en 1851 el Majzén crea una figura nueva, el Mendub, que ostentaría la representación del sultán en Tánger. La sede política y diplomática estaba en Dar Niaba, en la calle Siyaghins. Esa administración era la principal base de contacto con los consulados extranjenros. En 1856 se firma un importante tratado de libre comercio en Tánger, lo que impulsó a Inglaterra a crear en 1857 un servicio postal. Fue imitada seguidamente por Francia, España y Alemania. Así, Tánger conoció la conexión telegráfica con Gibraltar, Ceuta y Algeciras. En aquel año los peregrinos a la Meca empezaron a embarcar desde Tánger. También se consagró, empujado por el cuerpo consular, la sanidad y la gestión eficaz de la ciudad. Se edificó un faro en el Cabo Espartel, clave en la circulación de los barcos por el estrecho, que fue inaugurado en 1864 por el sultán Mohamed IV. En 1880 se ratifica la gestión de la ciudad por el cuerpo consular, firmando en Madrid un tratado por el que se reafirma la importancia de esta gestión.

A principios del siglo XX aparece en la región de Tánger un personaje llamado Moulay Ahmed Raissouni, conocido como un bravo bandolero que se dedicaba a raptar personalidades extranjeras. Después de su resistencia, su deportación a Esaouira y su detención fue nombrado en 1905, por el sultán Moulay Hafid, gobernador del Fahs y más tarde gobernador del país Jbala.

En 1906, la conferencia de Algeciras con presencia de treinta naciones concluyo, con mantener a Tánger como puerto franco internacional, sujeta al control de cuatro países España, Alemania, Gran Bretaña, y Francia, con declarar el protectorado francés sobre el reino de Marruecos y con instalar a España en 1912 en el norte de Marruecos. Mas tarde en 1922 el gobierno español declaro fuera de la ley a Raissouni. Este huyo a Tazrout en las montañas del Rif.

En 1923 se firma el tratado definitivo del estatuto de la zona internacional de Tánger. Este estatuto fue aclamado por varios países y constituye una experiencia única en la historia de la humanidad. Esta época de Tánger marcará y afectará profundamente el desarrollo vital, cultural, social… de la ciudad. Este tratado permaneció vigente hasta 1956, cuando Tánger se incorpora, definitivamente, al reino de Marruecos. En aquel año la población extranjera de Tánger, era aproximadamente de 150.000 habitantes, lo que suponía un tercio de su población total.

El 9 de abril de 1947 el sultán Mohamed V en un viaje a Tánger, y a raíz de un discurso histórico y memorable, marcó el renacimiento de la conciencia nacional y animó a la resistencia contra la ocupación extranjera.

En agosto de 1953 el sultán Mohamed V y toda la familia real estuvieron deportados en Córcega y a Madagascar, y el gobierno francés impuso a otra persona en el trono. Por esas fechas nacía un partido político llamado el Istiqlal que reivindicaba la independencia y una constitución, a través de un memorando enviado al sultán y las autoridades francesas. Francia no dudo en tomar serias represalias contra varios dirigentes del partido, lo que motivó que se disparara la violencia contra los residentes y funcionarios franceses. Forzada, en marzo de 1956 Francia firma un acuerdo concediendo a Marruecos la independencia completa. Enseguida España hizo lo mismo por lo que Tánger perdió ese estatus internacional durante el mismo año.

Finalmente el 18 de abril de 1960 culmina el reconocimiento internacional de la anexión de Tánger a Marruecos. Yo añadiría a eso, y sin perder su gran logro alcanzado nada más y nada menos que la categoría de mito. Vale la pena recordarlo, Hoy todo es ya historia pero los sueños no me permiten olvidarlo.

 

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© Abdellatif Bouziane - Noviembre/2006 - TANGEREXPRESS.COM

Era un VIAJERO tenaz. Su ciudad natal fue Tánger, Marruecos. Nacido en algún año entre 1304 y 1307. Considerado uno de los viajeros más importantes del siglo XIV, Ibn Battuta recorrió el mundo islámico desde el Norte de África hasta la India. Posteriormente se dirigió al sur de Rusia, China y las costas de Malabar y Sumatra. De vuelta a Tánger, visitó, mas tarde, los reinos negros subsaharianos que los árabes denominaban Bilad Al Sudán ("tierra de negros"). Fue peregrino de La Meca, conocedor de Asia Menor, África Oriental, la Horda de Oro y Extremo Oriente. Su viaje hasta el Níger sigue siendo aun hoy una de las principales fuentes de información sobre la mítica ciudad del Sahel, Tombuctú y el reino de Malí. Dio fama grande al Islam. Viajó el triple que Marco Polo, cubrió con 24 años más de 120.000 kilómetros por lo largo y ancho del mundo musulmán.

Por instigación del Sultán de Marruecos, Ibn Battuta dictó los relatos de sus viajes, y las grandes cantidades de citas literarias, a un estudioso llamados Muhammad Ibn Juzayy, a quien conoció durante su estancia en la Península ibérica, quien hizo la redacción final de su obra. Ese manuscrito lo tituló el Rihla (que significa viaje, excursión, aventura,…), en él relató sus andanzas en una especie de diario. En su versión árabe es una fuente fantástica de información sobre el Mediterráneo y Oriente durante el siglo XIV. Es una exposición de culturas, comercios, costumbres, personajes, paisajes,… casi todo tiene cabida en su Rihla. Era una peculiar manera de viajar, típica de la época, valiéndose de las hospitalidades de las poblaciones musulmanas e islamizadas así como de su gran adaptación a los sitios que visitaba. La expansión del Islam le permitió recorrer lugares tan distantes y tan distintos.


Ibn Batuta Adventure

IBEN BATUTA Y MULAY MOHAMED

En su Rihla, Battuta describe un cuadro espléndido del mundo islámico medieval. Desde la aparición del Islam en el siglo VII, los viajeros fueron siempre bien respetados y respaldados por políticos, militares así como por el resto de la población, y eso debido al progreso de una civilización naciente que deseaba el conocimiento. A lo largo de toda su historia, “el viajero tangerino medieval”, transmite la generosidad desbordante que encontró en casi todos los lugares por los cuales fue. También en su obra aparecen varios textos literarios consagrados al estudio de la geografía descriptiva, de la cosmografía retratada y al conocimiento de los territorios que pertenecían al imperio islámico, que se extendía desde China hasta Al Ándalus. La imagen observadora y meticulosa de Ibn Battuta se destacaba por las diferencias culturales enormes del mundo islámico sobre el resto del mundo. Ya, por entonces, era su gran riqueza.


Richla

Su historia está contada de una forma clásica, relativa y siempre basada en la exploración de la historia de la civilización islámica. El viajero, por ejemplo, describe el desmembramiento de Al Ándalus a manos de las tropas castellanas, narra las sanguinarias campañas mongoles por Irak y Afganistán y detalla la floreciente vida de aquellos tiempos en las islas Maldivas. También, la Rihla presume de una fuente inagotable de datos etiológicos con numerosas alusiones a la agricultura, a la música, a la moda, al comercio, a la gastronomía y a otros aspectos como los hábitos liberales de convivencia. También hace una descripción interesante de los ritos seguidos por las principales escuelas teológicas musulmanas.

Su obra se destaca, se manifiesta, acepta las diferencias y la variedad de pensamientos, tradiciones, religiones y reclama una apertura del espíritu que permite la coexistencia mutua entre las personas y los pueblos. Sus relatos y sus historias eran muy atractivas para el lector de entonces y también para el actual. Sus anécdotas eran admirables, frecuentes, mágicas, coloridas, impregnadas de sabiduría y esoterismo. Ibn Battuta vio así circular, delante de sus ojos, un mundo fascinante lleno de magia y asombro.

Destaca en su Rihla la descripción de Alejandría y su faro. Bello monumento, una de las siete maravillas del mundo, mientras que la ciudad le impresionó por resplandeciente y luminosa. La relató como “Una doncella fulgurante con sus aderezos”, cuya belleza alumbra el Magreb. Punto de reunión de caminantes y viajeros, lugar de débiles y fuertes, donde puedes hallar lo que gustes: ignorantes o sabios, serios o risueños, indulgentes o necios, modestos o nobles, linajudos o plebeyos, desconocidos o famosos. Sus habitantes se agitan como las olas del mar y casi no les basta la estrechez de su extensión, pese a ser amplia y con gran capacidad. Goza de juventud eterna y jamás la estrella de la felicidad la abandona. Quienes la señorean han vencido a las naciones. Sus reyes dominan a los puntales de árabes y extranjeros. Dispone para sí del Nilo, con lo que acrecienta su fama y le exime de impetrar la lluvia. Recorrer sus territorios, generosos y acogedores ante el forastero, requiere un mes de marcha para un caminante incansable".

Sus relatos de Rihla están considerados, por varios historiadores y científicos, de lo más interesantes y completos del siglo XIV. El viajero pretendía, transmitir, contar, expresar con fantasía y conciencia, la historia, los hechos vistos y vividos con una gran dosis de información.


Batuta

Viajar

Con la edad de aproximadamente veinte años, Ibn Battuta fue por tierra en peregrinación a la Meca. Siguió la costa norte de África hasta que alcanzó El Cairo, entonces territorio mameluco. La ruta elegida a seguir era relativamente segura, pero era considerada como la menos utilizada y la menos frecuentada de las tres existentes. Entonces, Ibn Battuta se había ya embarcado en la primera de sus aventuras viajeras. El viaje a través del Nilo río arriba, y luego al este, por tierra, al puerto del Mar Rojo de Aydhad, en el que se vio obligado a parar a causa de una rebelión local.

De El Cairo inició el camino de nuevo, esta vez en dirección a Damasco controlada también por los mamelucos, y donde paso el mes de ramadàn. Quería alcanzar la Meca pasando por Siria. Era una ventaja adicional, la de cruzar lugares santos que estaban a lo largo de la ruta, Hebròn, Jerusalén y Belén, por ejemplo. Ibn Battuta efectuó la ruta de 800 millas en caravana hasta la Medina, lugar de entierro del profeta Mahoma. Cuatro días más tarde, llego a la Meca. Allí cumplió los ritos habituales de un peregrino musulmán. Tras reflexionar e iniciar los preparativos para volver a casa, decidió, en cambio, continuar viajando. Su próximo destino era Irak e Irán (Il Khanato).

Una vez más, asociado a una caravana, cruzó la frontera a Mesopotamia y visitó Al Najaf, el lugar de enterramiento del cuarto califa Alí. Desde allí viajó a Basora, luego Ispahán. Los siguientes sitios fueron Shiraz y Bagdad. Allí encontró a Abú Said, el último gobernante de Irak e Irán unificados. Éste último puso a Ibn Battuta la caravana real para dar un giró a su viaje hacia el norte a través de la ruta de la seda, exactamente a Tabriz. Esta era la principal ciudad en la región que abría sus puertas a los mongoles, y era un importante e innovador centro comercial.

Después de este recorrido, el Hajj Ibn Battuta se embarcó en un segundo gran viaje, esta vez hasta el Mar Rojo y la costa este africana. Su primera parada importante fue Adén, donde su intención era hacer fortuna como comerciante de los bienes que fluían en la península arábiga a través del Océano Índico. Antes de hacerlo, sin embargo, se decidió a tener una última aventura y se apuntó a un viaje siguiendo la costa de África, pasando alrededor de una semana en cada uno de sus destinos. Visitó Etiopía, Mogadiscio, Mombasa, Zanzíbar y Kilwa, entre otros. Con el cambio del monzón, y en Arabia, completó su aventura, antes visitando Omán y los Estrechos de Oremus.

Tras volver y pasar un año en la Meca, Ibn Batuta, gracias a su capacidad de los años de estudio fue distinguido como Cadi (juez) por el sultán Muhammad Tuguluq. Pero su confrontación con la ambición de viajar le empujo a decidirse a buscar empleo en la India con el Sultán de Delhi. Impulsado por la necesidad de un guía y traductor, para viajar a la India, emprendió un viaje a Anatolia, entonces bajo el control de los turcos, para unirse a una de las caravanas que iban allí. Fue un viaje por mar desde Damasco en un barco genovés que lo llevó hasta Alanya en la costa sur de la Turquía moderna. Desde allí viajó por tierra a Konya y después a Sinope en la costa del Mar Negro. Cruzando éste, Ibn Battuta tomó tierra en Kaffa, en Crimea, y entró en las tierras de la Horda de Oro. Allí compró un carro y, de manera fortuita, se unió a la caravana de Ozbeg, el Khan de la Horda de Oro, en dirección hacia Astrakhan a lo largo del río Volga y más tarde llega a Constantinopla. Tras llegar allí alrededor de finales del año 1332, encontró al emperador Andrónico III y vio el exterior de Santa Sofía. Después de un mes en la ciudad, volvió sobre su ruta hacia Astrakhan. Continuó más allá del Mar Caspio y el Mar de Aral a Bujara y Samarcanda. Desde allí viajó hacia el sur hasta Afganistán, donde a pie y por las montañas cruzó a la India. El Sultán de Delhi había decidido sumar como fuera a Ibn Battuta a todos los estudiosos musulmanes posibles para consolidar su dominio. Con el paso del tiempo el Sultán inestable e irradico desconfió de la labor de Ibn Battuta, quien pasó de ser un subordinado de confianza a estar bajo sospecha, infundada e injustificable. Entonces, con el pretexto de alejarlo, el Sultán le ofreció la alternativa de ir como embajador a China. Dada la oportunidad tanto de retirarse del sultán como de visitar nuevas tierras, Ibn Battuta acepto el desafió.

Así fue como inició la ruta hacia la costa llena de peligros y expuesta, constantemente, a los ataques de los rebeldes hindúes, pero él y su grupo lograron alcanzar, con dificultad y superando algunos problemas con los asaltantes, Cambay. Desde allí navegaron a Calicut. Pero, mientras Ibn Battuta visitaba una mezquita, se desencadenó una violenta tormenta y dos de los barcos de su expedición resultaron hundidos. El rey de sumatra se aprovechó de la situación y terminó requisándole unos meses a quedarse. No obstante, mas tarde, temeroso de volver a Delhi como fracasado, permaneció un tiempo en el sur bajo la protección de Jamal Al Din, pero cuando este hombre justo fue derrocado, Ibn Battuta fue obligado a abandonar la India y marchó rumbo hacia China, con un desvío a las Maldivas. Era el comienzo de otro apasionante viaje.


Ibn Batuta barco de la época

Ibn Batuta en Alejandría

El las Maldivas pasó nueve meses, mucho más de lo que se proponía. Fue nombrado juez instructor, y sus habilidades judiciales eran muy deseables, razón por la que fue medio sobornado, medio secuestrado para que se quedarse. Fue manipulado para contraer matrimonio dentro de la familia real y más adelante se vio enredado en la política local. Terminó por marcharse, cansado de las incomprensibles conjuras y maniobras políticas. Desde allí, continuó a Ceilán para visitar el Pico de Adán. Navegando desde Ceilán, su barco casi se hunde en medio de una tormenta, pero la suerte le salvó y fue rescatado, para luego ser atacado por piratas. Nada mas desembarcar en la costa del Pico de Adán, Ibn Battuta emprendió el camino de vuelta a Calicut, desde donde navegó otra vez hacia las Maldivas con la intención alcanzar por fin China. Esta vez tuvo éxito alcanzando fugazmente, y sucesivamente, Chittagong, Sumatra, Vietnam, y finalmente Quanzhou en la provincia de Fujian, China. Desde allí fue al norte hasta Hangzhou, no lejos de la moderna Shangai.

En Hangzhou, Ibn Battuta decidió volver a casa. Volviendo a Damasco trazó la ruta como replica de su primer hajj. En el viaje supo de la muerte de su padre, y durante aquel año la peste negra empezó a extenderse por su camino hacia Siria, Palestina y Arabia. Llegando a la meca tomó la decisión de regresar a Marruecos casi un cuarto de siglo después de salir de allí. Durante el último tramo de este viaje de vuelta Ibn Battuta se permitió lujo, como amante viajero, de hacer un desvío apacible y placentero hasta Cerdeña, luego volvió a Tánger para descubrir que su madre también había muerto pocos meses antes.

Habiéndose establecido en Tánger por unos pocos años, Ibn Battuta comienza su viaje por Al Andalus (España musulmana), uniéndose a un grupo de musulmanes que salían de Tánger con la intención de defender Gibraltar amenazada de ser conquistada por Alfonso XI de Castilla. Por aquella época, la peste negra había llegado a tierras hispanas llevándose la vida de Alfonso lo que debilitó la amenaza de la invasión, así que Ibn Battuta varió el motivo de su visita y volvió al verdadero atributo de viajar por placer. Llegó Valencia y terminó en Granada.

Al dejar España decidió explorar una de las pocas partes del mundo musulmán que le quedaba por conocer: Marruecos. Se detuvo poco tiempo en Marrakech, que era casi una ciudad fantasma tras la reciente epidemia, y se instaló una temporada larga en la capital Fez. Una vez más retornó a Tánger, y una vez más siguió viajando. Esta vez decidió partir a visitar el reino musulmán en el extremo lejano del Desierto del Sahara occidental, exactamente al rey de Malí, Manza Musa, un extravagante rico y poseedor de una fortuna incalculable en oro, a quien había conocido en el Cairo. Nada mas conocer a este personaje y enterarse de su abultada riqueza, se comentó que ese conocimiento debió haber plantado una semilla en su mente, pero que nunca, Ibn Battua, la mencionó específicamente. En el año 1351 Partió otra vez hacia Fez. En esta ciudad, en una caravana, durante el invierno, comenzó la aventura del desierto y del Sahara. Alcanzó el Sahara central, exactamente Taghaza, centro comercial de sal y oro de Malí, pero Ibn Battuta no tuvo una favorable impresión del lugar y emprendió otros 800 Km. a través de la peor parte del desierto que lo llevó a Malí, en particular, a la localidad de Walata. Desde allí viajó al suroeste a lo largo del río Níger que el creía era el Nilo hasta que alcanzó la capital de Imperio de Malí. Allí encontró al rey Mansa Mussa Sulayman. Dudoso de la miserable hospitalidad ofrecida, permaneció, sin embargo, durante ocho meses antes de volverse hasta el Níger hacia Tombuctú. Ibn Battuta pronto siguió adelante. En algún sitio de su viaje, a través del desierto, recibió un mensaje del Sultán de Marruecos ordenándole volver a casa. Así lo hizo, y esta vez, por fin, se quedó.


Viaje Ibn Batuta


Mapa Ibn Batuta

Tras la publicación de la Rihla, se conoce poco de la vida del peregrino incasable. Ibn Battuta murió en su ciudad natal Tánger, en algún momento entre 1368 y 1377. Durante siglos su libro fue desconocido, incluso dentro del mundo musulmán, pero en el siglo XIX fue redescubierto y traducido a varios idiomas europeos. Desde entonces Ibn Battuta ha aumentado su fama y es ahora una figura bien conocida mundialmente.

La ausencia de datos biográficos exactos ha hecho difícil para los estudiosos trazar un retrato fiel de este viajero, lo que nada tiene de raro, pues hasta el propio Cristóbal Colón no dejó ninguna imagen confiable, hecha por algún contemporáneo. Pero de Ibn Battuta se pueden decir al menos dos cosas con seguridad, la primera era que tenía una firme voluntad de cambiar permanentemente de domicilio, y la segunda era su carácter de cierto delirio de grandeza, que contrasta con su mucha más probable y gris realidad de peregrino. El propio Ibn Battuta era medianamente culto, pero siempre, y constantemente, estaba presumiendo de ser letrado y de haberse formado en numerosas disciplinas. Así, y con orgullo, también comentaba en sus declaraciones los recibimientos magníficos que le habían dispensado reyes y mandatarios y al mismo tiempo aparecen textos en la Rihla que revelan su hábito de cobijarse en albergues para caminantes pobres. En los años que viajó, o en la época que vivió, Ibn Battuta, el peregrino podía viajar durante años sin mayores penurias. Dos factores que permitieron su larga peripecia fueron, por una parte, la unidad de las naciones y pueblos islamizados, y por otra parte la hospitalidad que existía en los pueblos pastores. En el mundo islámico se había desarrollado una red de conventos, ermitas musulmanas (morabitos) y hospitales, que acogían a viajeros, faquires y pobres, y cuyo fundamento era el fomento de la hermandad musulmana, financiada con fondos públicos y a través de donaciones piadosas.


Santuario Ibn Batuta

Ibn Batuta en la web

Fuera quien fuese, lo cierto es que su nombre integra la lista de los más extraordinarios viajeros y, quizás, la de los más injustamente ignorados. Hoy, cualquiera en su nativa ciudad de Tánger no sabe dónde se encuentra la tumba que guarda sus huesos, o el polvo que queda de ellos.

UNA QUASIFICTIONAL STORY SOBRE EL RAISSOUNI:
EL VIENTO Y EL LEÓN (J. MILIUS, 1975).


Francisco Salvador Ventura
Historiador del Cine /Granada
METAKINEMA | Revista de Cine e Historia


1975 - El viento y el León

Parece bastante asumida ya como realidad manifiesta la potencialidad del discurso fílmico para establecer una particular visión de la Historia, condicionando no sólo versiones determinadas de épocas, personajes, conflictos, etc., sino también encumbrando a un status preferente otros tantos menos significativos e incluso ficticios, todos ellos con el denominador común de convertirse en parte de un imaginario contemporáneo que cuenta con la fuerza de su extensión cuasi universal. En lo que se refiere a las abundantes recreaciones biográficas de personajes concretos, la atención se ha dirigido casi siempre hacia individuos con una gran trascendencia en el momento en el que vivieron y una marcada proyección hacia las épocas posteriores, caso de figuras como las de Cristóbal Colón, Isabel I de Inglaterra, Napoleón y Gandhi, por citar ejemplos de cronología distinta. Con menos frecuencia los tratados son otros con un menor relieve en su momento, o bien, si llegaron a tenerlo éste se mantuvo en una dimensión espacial bastante reducida, el ejemplo quizá más emblemático es el del líder de la rebelión de los esclavos de la Roma republicana Espartaco, catapultado Kubrick mediante al olimpo de las grandes figuras de la Antigüedad. Y una tercera vía está representada por aquellos otros personajes fruto de la ficción, comúnmente literaria, ubicados en un contexto histórico delineado con gran cuidado, como ocurre con el Guillermo de Baskerville de ‘El nombre de la rosa’ o el capitán Alatriste. En principio, no se encontraría entre los perfiles biográficos más atractivos para la gran industria cinematográfica el que ofrece un poco conocido líder bereber del Rif de finales del siglo XIX y principios de la centuria siguiente. A pesar de su reducida resonancia histórica, se le sitúa como protagonista y modelo heroico de una gran producción de mediados de los años setenta, con el trasfondo de una abigarrada y confusa situación internacional. En ella, además de una gran significación, apreciablemente magnificada, de los Estados Unidos de América y de su presidente Roosevelt, aparecen representadas las grandes potencias coloniales que durante la época se disputaban los territorios africanos: Inglaterra, Francia y Alemania. Ante todo este contexto de rivalidades e intereses entrecruzados se erige con nitidez la firmeza y el valor de un auténtico hombre extraordinario, un dirigente cuyo retrato ha sido concebido para concitar la simpatía incondicional de los espectadores, a pesar de algún episodio de difícil digestión para los parámetros diet-éticos actuales, cual es el que muestra la degollación de dos individuos escogidos al azar dentro de un grupo de delincuentes, cuyo único delito había sido utilizar el agua de un pozo que no les pertenecía.

El origen de la relación de John Milius con este extravagante personaje no se distingue con claridad a primera vista, no se conoce la vía por la que llegó a conocerlo y sentir admiración por él, pero no resultaría infundado pensar, si se observa la trayectoria personal del director, que debió de producirse una cierta identificación con la biografía de El Raissouni. Milius tuvo una irregular relación profesional con la potente industria norteamericana, por definición reacia a aceptar relieves más propios de un autor a la occidental, de manera que su fuerte personalidad le mantuvo, desde diferentes posiciones a lo largo de su carrera, en un frecuente forcejeo con ella. Sus trabajos se extienden cronológicamente a través de las décadas de los setenta, ochenta y mediados de los noventa, momento a partir del cual apenas se sabe nada de su persona. Varias son las facetas en las que desarrolló en su trayectoria cinematográfica, desde la de productor, en películas como ‘Un mundo oculto’ (1979) y ‘Más allá del valor’ (1983); hasta la prolífica de guionista, con abundantes títulos como ‘Harry el fuerte’ (1973), ‘Apocalipsis Now’ (1979) y ‘Jerónimo, la leyenda’ (1993); pasando por la responsabilidad de la dirección, en filmes como ‘Conan el bárbaro’ (1982) y ‘Adiós al rey’ (1989). En trabajos de naturaleza tan dispar se aprecia siempre el denominador común de una línea argumental que las relaciona con el perfil de un individuo independiente, que presenta en su comportamiento un código moral propio, con frecuencia distinto al imperante en la moral establecida. Tal actitud conduce a un enfrentamiento sistemático con un entorno hostil, que indefectiblemente le acaba orientando a una posición de exclusión. Se trata de personajes en cuya vida prima sobre cualquier otra faceta la acción, en circunstancias marcadas por un reiterado contacto con la violencia, ya sean dentro del terreno de lo militar o ya con distintas modalidades de guerreros, así como también en los turbios ambientes del mundo de los gángsters. En la biografía de tales individuos la experiencia de haber sufrido con anterioridad un contacto directo con la muerte les ha transformado de manera drástica la vida, de modo que tras esa dura ‘iniciación’ se ven obligados a mantener a partir de entonces una relación distinta con ella, al haberse producido un profundo e irreversible replanteamiento de sus principios vitales.

La cabalgada inicial de un grupo de guerreros lleva hasta la apacible residencia en Tánger de una mujer occidental, lugar donde es raptada junto a sus hijos por alguien presentado desde el primer momento con un aura de personaje fuera de lo común, a quien sus subordinados sirven humillándose cual si de un cuasi-dios se tratara. Con rapidez, se conocen las coordenadas identificativas de los tres personajes sobre los que se construye el armazón de la película: El Raisuli (éste es el nombre que se le da en el film), líder político-religioso ‘rebelde’ del Rif; la señora Pedecaris, esposa del cónsul de los EEUU en Tánger; y Theodor Roosevelt, el presidente norteamericano que en plena campaña electoral asiste contrariado a acontecimientos que, en principio, podrían perjudicar su victoria. La posición de cada uno de ellos en relación con el rapto queda explicitada de manera inmediata en el transcurso de la película. Los escenarios de la acción son fundamentalmente cuatro: diversos emplazamientos en los EEUU, en los que se desenvuelve la vida del presidente; la ciudad de Tánger, dirigida por un impasible y hedonista mandatario, relacionado por vínculos sanguíneos tanto con el protagonista como con el sultán del reino; la corte de Fez, en la que un débil y caprichoso sultán mantiene una regalada vida palaciega, adulado de forma permanente por representantes de los diferentes países que aspiran a obtener sus favores políticos y económicos; y el castillo de El Raisuli, lugar en el que permanecen los raptados a la espera de acontecimientos. El pulso entre el gigante americano y el héroe rifeño se resuelve con un golpe de mano militar, en un desembarco de factura un tanto infantil (por momentos casi ridícula) a través de las calles de Tánger, a partir del cual se propone un trato al rebelde con el objeto de dar una solución a la situación. El pacto con el que se pretende engañar a El Raisuli se lleva a efecto, pero inexplicablemente al final quedan exculpados ante los espectadores los promotores de la argucia, los estadounidenses. Todos quedan exonerados de cualquier responsabilidad en el desenlace, aprovechando para situar de chivo expiatorio al socorrido elemento alemán, algo convertido en un tópico frecuente del cine norteamericano tras el desenlace de la segunda guerra mundial. Los dos grandes líderes, el rifeño y el estadounidense, se reconocen con respeto tras el final del conflicto, eso sí, con la última palabra de un Raisuli presentado de forma poética tanto en lo que dice de forma metafórica, como en el modo en el que se le retrata visualmente.

En las décadas que preceden y suceden al cambio de la centuria la situación interna del norte del actual Marruecos era bastante inestable, precariedad a la que se añadían las ambiciones de las potencias occidentales en pleno éxtasis colonialista. A las ambiciones de las ya poderosas Inglaterra y Francia vinculadas con el norte de África y el control de las vías de comunicación mediterráneas, se unieron las de una emergente y ambiciosa Alemania y la cierta influencia en la zona de la vecina España, amén de las ansias de protagonismo en el área de los EEUU, aún bastante alejados de las coordenadas de la situación. Las disputas condujeron a un compromiso que durante cierto tiempo resolvió la indeterminación, adquirido en la Conferencia de Algeciras del año 1906. Desde el punto de vista interno, la debilidad del soberano reinante fue aprovechada por numerosas rebeliones en la práctica totalidad del territorio, entre las que aparecen las relacionadas con Moulay Ahmed Raissouni, bandolero que controlaba amplias zonas del Rif y que desarrolló muchas de sus actuaciones en las proximidades de la región de Tánger. Objetivo de sus actos fueron varios personajes relevantes, raptados y liberados tras el consiguiente pago de rescate: el corresponsal del Times, Walter Harris, y dos acaudalados norteamericanos, Ion Pedecaris y su yerno. Tal episodio es el que da origen a la creación del personaje interpretado por Candice Bergen, resultado manifiesto de la ficción, la señora Pedecaris, esposa del cónsul de los EEUU. En medio de toda esta situación surgió la experiencia singular de gestión de la ciudad de Tánger, que a principios del siglo, y tras un desembarco del káiser alemán Guillermo II para marcar su irritación ante las demás potencias por la situación existente, comenzó a ser administrada por el cuerpo diplomático allí establecido. Unos años más adelante se alcanzó el ‘Estatuto de Zona Internacional’, fórmula con difícil parangón en la historia de la Humanidad de administración internacional de un territorio. Al otro lado del océano, tras el asesinato del presidente Mckinley la presidencia de los EEUU fue asumida por su vicepresidente Roosevelt, quien aparece retratado en el film interactuando directamente con el rebelde rifeño. Las referencias a los asuntos exteriores de su mandato y a los inmediatamente anteriores (entre otros a la reciente guerra en el Caribe con España) son utilizadas en la campaña electoral con el objetivo de lograr una rentabilidad que se tradujera en la que luego sería una victoria arrolladora. Una fuerte gestión personalista fue la tendencia dominante durante el tiempo que ejerció la presidencia, una de cuyas medidas emblemáticas fue la puesta en marcha del ambicioso proyecto del canal en Panamá, tal como visualmente se expresa en la elocuente partición de la tarta a la altura del istmo que une las dos Américas.

La mayor parte de la acción se desarrolla en el norte del actual Marruecos, la zona denominada geográfica e históricamente como el Rif, vinculada en su extremo occidental con la ‘cosmopolita’ ciudad de Tánger. Pero gracias a la magia del cine, las cosas quizá no sean exactamente lo que parecen, siendo éste un caso bastante ilustrativo respecto de la ficción simuladora que las pantallas alcanzan a crear. Y digo esto porque más que el Rif podría decirse que las andanzas del Raisuli se desarrollan en la vertiente norte del Mar de Alborán, concretamente en Almería y alrededores. De forma premonitaria, en los primeros compases de la película, se retrata al presidente Roosevelt, con la mano sobre un globo del mundo, donde de manera metafórica manifiesta su poder al situar su mano sobre él, usando del conocido recurso chapliniano cuando caricaturizó a Hitler en ‘El gran dictador’. La coartada es señalar ante su auditorio (y ante la mayoría de los espectadores sobre todo) el lugar en el que se emplaza el Rif, pero llama la atención que sorprendentemente en la vertiente hispana de la zona representada la única ciudad sea Almería, cuando por razones históricas y de entidad en el mundo contemporáneo parecería más justificado que las ciudades a ser identificadas hubieran sido Granada y/o Málaga. Las aventuras almerienses de El Raisuli presentan también alguna excursión sevillana y granadina, pero en su mayor parte el rodaje se realiza en tierras almerienses. Los parajes cuasi vírgenes próximos al Cabo de Gata, las calles y el puerto de la ciudad y algunos otros edificios identificables sirven de marco para los parajes del Rif y la ciudad tangerina. Una cierta concesión a los tópicos exóticos asociados al mundo árabe procede de la presencia de un desierto, paisaje desconocido en los territorios rifeños, pero cuya asociación con un ámbito islámico parece ser imprescindible a ojos de los espectadores occidentales. Gran parte de los exteriores fueron rodados en la zona interior de Almería, paisajes con un pedigrí cinematográfico contrastado desde la década anterior. Sin duda, el director conocía bien muchos de estos parajes, donde fueron filmados un importante número de los spaghetti western emblemáticos del género. La cierta infraestructura ya existente en la zona fue sin duda aprovechada por Milius, como lo haría con posterioridad también en ‘Conan el bárbaro’. Todo ello es llevado a cabo con una apreciable sensibilidad fotográfica que saca un partido excelente a las posibilidades lumínicas y coloristas de unos paisajes tan singulares.

En el mundo occidental no resulta en absoluto novedoso acudir a Oriente en busca de un plus de exotismo, motivo de indudable atracción que hunde sus raíces varios siglos atrás, en particular en el XIX. Dirigir por tanto la mirada a ese ámbito geográfico, religioso y cultural cuenta de partida con el componente añadido de una magia especial, capaz de ejercer de bálsamo para pasar por encima de ciertos elementos de difícil comprensión para los parámetros occidentales. Se parte, por tanto, de un importante espejo deformador del mundo que se pretende representar, que no es otro sino la expectación producida por el extrañamiento extravagante de lo oriental. A ese primer elemento habría que añadir una componente que se convierte también en imprescindible, la necesidad de hacer intervenir a una importante figura femenina, en torno a la cual se pueda establecer algún tipo de diálogo afectivo, en un grado mayor o menor de explicitud, con el personaje central de El Raisuli. Apenas se sugiere en algunas secuencias del film, y habría que decir que con bastante delicadeza, la atracción que entre los dos protagonistas comienza a tomar cuerpo al avanzar los acontecimientos, sobre todo, del lado femenino. No importaría pues que la señora Pedecaris fuese un personaje producto de la ficción, simplemente está ahí porque resulta útil para mantener un cierto nivel de tensión afectiva. Eso sí, las necesidades del guión y de las convenciones de la época la convierten en una mujer que no se limita a mantener una actitud pasiva, sino que ante los evidentes peligros por los que atraviesan ella y sus hijos, se manifiesta siempre y de forma expresa como alguien que no se atemoriza ante nada y capaz, cuando estima necesario, de ponerse al frente de un grupo de soldados para liberar al héroe cuando se halla en una manifiesta e injusta situación de inferioridad. El componente norteamericano, procediendo el film de donde procede, no puede faltar y de manera apreciable se observa una sobredimensión del protagonismo desempeñado por el país en la zona y en la coyuntura histórica representadas. Incluso se llega a inventar un desembarco ficticio en la ciudad de Tánger (que sí se produjo, como se ha dicho, pero por parte de los alemanes), para cuya puesta en escena se emplearon escogidos escenarios del puerto almeriense y del Parque de María Luisa sevillano. La grandeza de todo un presidente norteamericano, explicitada en repetidos pasajes del film, sirve al director para elevar más aún la estatura personal del gran héroe con el que estaba en apariencia midiendo sus fuerzas.

Ni que decir tiene que el gran protagonista es Moulay Ahmed Raissouni, en la película El Raisuli, bandolero que adquiere el relieve y las virtudes de todo un gran héroe, acorde con un patrón ya conocido dentro de la cultura occidental. A su desgraciada experiencia vital de proximidad con la muerte, peripecia de la que hace partícipe al espectador cuando en una secuencia la narra a sus rehenes, sucede un liderazgo natural, incuestionado, protegido por la divinidad, entre otras razones por ser descendiente del profeta y por ser él quien inspira sus actuaciones. De la sumisión de sus seguidores se deja constancia visual manifiesta cuando acuden presurosos a convertirse en improvisados pedestales en el momento en el que tiene intención de subir al caballo y de su lealtad sirven de muestra la alegría con la que es siempre recibido y despedido al acceder o salir de su fortaleza. Al compendio de sus méritos habría que añadir la que aparece como la principal virtud que adorna a su persona, una preparación intelectual que no es tan frecuente compañera del prototipo. Y, como no podía ser de otro modo, la valentía y la generosidad son las que rigen todas sus decisiones, en las que el respeto hacia la valiente mujer occidental y la consideración que dispensa a sus dos hijos, no dejan indiferente al espectador, atenuando las posibles aristas que pudieran emerger en algunas secuencias. En sentido estricto, la película histórica sobre la vida de este personaje, resistiría difícilmente las críticas de la aplicación del método histórico a la usanza académica tradicional, forma de proceder que resultaría a todas luces impertinente. No se debería olvidar que una película es una creación libre llevada a cabo por un ‘artista’, en este caso un director estadounidense con trazas de praxis cinematográfica a la europea, de maneras bastante díscolas en relación a lo habitual en los parámetros imperantes en la gran industria. Esta quasifictional story, según la calificación que se le otorga en la Variety Film Review, aspira a crear un relato que, inspirado en un poco conocido bandolero rifeño de principios de siglo e influido por experiencias personales del director, construye una versión personal del extendido patrón del bandido bueno con su pueblo, en este caso El Raisuli. A ello habría que añadir el telón de fondo de una difusa y a veces contradictoria componente anticolonialista en la forma plasmar el contexto en el que se desarrolla la historia, si bien queda siempre claro el coraje con el que el líder natural se atreve a desafiar a los gigantes extranjeros, actuando por sistema a favor de los intereses de quienes están bajo su mando. El resultado es la composición de un relato muy atractivo para los espectadores en clave inequívocamente contemporánea, elaborando una imagen canónica, a la que sin duda contribuyen las cualidades personales del actor protagonista, Sean Connery, de un personaje del que probablemente apenas se tendría noticia de su existencia en círculos restringidos y que, gracias a esta película, pasa a engrosar la nómina de los bandoleros admirables y heroicos porque luchan siempre según un estricto código de honor en beneficio de su pueblo. Una muestra más de la extraordinaria potencialidad comunicativa del cine en el terreno de los discursos históricos.

 

 

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