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Tánger, mil vidas de cine.
03-09-2009/Sergio Berrocal/Prensa Latina/tangerexpress.

Juanita apura angustiada los últimos momentos del Tánger internacional. La ciudad cosmopolita del norte de Marruecos empieza ya a convertirse en un trozo más de la patria marroquí. Se van a acabar las aventuras.
Los miles de europeos refugiados entre la dulzura de un régimen que les aseguraba vivir en el comienzo de una África regida por gente del mundo entero van a tener que marcharse. Se acabó el recreo que ha durado años.
El mandamás de aquel imperio, nombrado por las potencias europeas, está haciendo las maletas. Un invisible director está a punto de gritar ÂíCorten!". Los Errol Flynn, los Paul Lukas y otros señores de Hollywood que acampaban en el Hotel Minzah o en yates anclados en la bahía también preparan sus cosas. Lucky Luciano, el rey de la coca, el traficante de todos los Padrinos, hace ya que se ha marchado. Pero no muy lejos.
En un aeropuerto siciliano un infarto le dejó ko. Dijeron que le habían envenenado sus amiguitos de la mafia. En Tánger todo era posible. Vida dulce, pausada, abrazada por las olas a veces furiosas. Ciudad calma, ciudad de todos los excesos. ("Nadie sabía que adoraba que los dedos hurgasen lentamente en todo su cuerpo y penetrasen por las puertas secretas. Era una suave, lenta, profunda y continua procesión de sensaciones de dioses.")
Todos corremos hacia los barcos. Yo tomo uno mitad carguero, mitad pasajeros, que asegura poder llevarme a Marsella con el traqueteo de un billete que me garantiza poco más que el pasaje, una bazofia de tentempié servida en escudillas de aluminio que tienes que lavar después de usar. No es "Vacaciones en el mar". No sabíamos dónde quedaba Marsella.
Como Juanita, el personaje más importante de este Tánger de película que debió ser el auténtico escenario del Casablanca de Michael Curtiz, no sé exactamente dónde queda Francia. Tengo que recordar la película "Pepe le Moko" para que el joven Jean Gabin me de pistas sobre mi ruta. Tánger se vacía. La que iba a ser una ciudad dedicada para siempre al turismo de más altos vuelos, quizá al cine, tal vez al ocio total, se muere, está muriéndose. El almanaque del bacalito (pequeño comercio indígena) señala que estamos en enero de 1957.
Lars Von Triers todavía no existe, a Dios gracias y que se diga una novena por el alma de su falta de talento. Este invento del "underground" averiado del cine nacerá mucho después, aunque a él le hubiese encantado Tánger, el único lugar del mundo donde no amanecía ni nunca se ponía el sol. A Juanita Narboni le habría encantado ver "El anticristo" en el cine Roxy o en el Cervantes, pese al escándalo y al terrorismo cutre y pornográfico del realizador danés, cuyo máximo talento es saber guisar un marketing añejado con bechamel echada a perder por los calores africanos.
Tipo peligroso al que deberían de haberle comido el entendimiento a los siete años, edad propia para detener barrabasadas que sólo la democracia tarada permite.
Antes de embarcar hacia la nada, un Marsella que a mí sólo me recordaba al jabón, ya habíamos visto en el Roxy una primera biografía del terrible bandido Dillinger, muerto de mil tiros a la salida de un cine, se contaba entonces que por cinéfilo. Y la gente de Tánger lo creíamos.
Nos nutríamos de cine, que era la ración de alimento espiritual diaria que nos llegaba de allende los mares. No conocíamos a Johnny Depp, ni falta que nos hacía, y aún menos a Brad Pitt, más empalagoso que dos docenas de tocinillos del cielo comprados en una pastelería del bulevar Pasteur. Tampoco a Mélanie Griffith, a mí que me registren, y nada sabíamos de su reclusión en una clínica para reponerse de una adicción de las muchas que tiene la vida.
Pero yo ya entonces sabía, me lo había repetido mi Redactor Jefe, republicano español exiliado por culpa de la estupidez de una dictadura que nunca ha acabado en España: No hay que disparar contra las ambulancias que no son sólo las que bombardean los israelíes. Somos también todos aquellos seres humanos que tenemos un corazoncito y un pedazo de espacio para morir de pena.
Muchos de nosotros, los normalitos, los que no hacemos películas que alegren a ratos la vida, estaríamos en esa clnica de Melanie. Muchos somos adictos a la desgracia, al güisqui que la apura cuando no hay mas remedioÂ�, a condición de que no sea caro. Todos somos débiles pero no somos Melanie Griffith. No tenemos ese santo talento suyo que tantas tardes maravillosas me ha hecho pasar.
Pero sí que conocíamos la gente de Tánger a la millonaria Barbara Hutton y sus excentricidades ocultas en un palacio sin puertas para los intrusos allá en el fondo de la medina.
El hombre más cinematográfico de todos vivía en Tánger. Se llamaba Ángel Vázquez y por mi corta edad y por mi carrerilla de reportero Tribulete, yo no le conocía. Lo he descubierto en este cementerio de los elefantes que es Fuengirola, el último reducto cristiano del sur de España antes de pisar las tierras infieles del norte de África. Vivió y casi murió de rabia en Tánger y dejó un libro que fue llevado una vez al cine, pero le faltó el taquillazo. "La vida perra de Juanita Narboni" (Editorial Planeta).
Un largísimo lamento de una tangerina, Juanita, solterona y mal hablada, (en realidad el mismísimo Vázquez travestido) que, como muchos en aquellos tiempos, bebía cine. Todas sus reflexiones amargas, graciosas y finalmente esenciales para la comprensión de cualquier vida, están salpicadas de títulos de películas, cuyos personajes ella agregaba con la soltura de la andaluza en tierras extrañas a todos los pasos de su existencia.
Hasta el final, cuando ve que el sueño tangerino de tantos, el sueño igualitario religioso y cultural de unos pocos, se hunde en nombre de nacionalismos mal digeridos. Y entonces grita que el cine ha destruido su vida. Y tiene razón, a ella le ha tocado vivir una mala película. Pero así son las cosas cuando te encierras en una sala oscura. Nunca sabes qué resultará hasta que las luces de la sala vuelven a encenderse.
Y el Tánger internacional, se tire por donde se tire, fue la mejor película nunca filmada
Sergio Berroca es escritor y periodista francés, radicado en España.
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