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TRES HORAS EN TÁNGER.
Juan Soto Ivars/MUNDO CULTURAL HISPANO/LITERATURA/Relatos/o6.06.2004.

El famoso Cafe Baba en Tánger.
A Juan Sánchez, por su amor sincero a la ciudad de las maravillas.
Al otro lado de muchas distancias, cercado por la lejanía, un soplo te trae, inexplicablemente, el olor de Tánger. Entra como siempre, y se instala en el pecho, muy hondo, detrás del corazón. Apenas puedes reprimir las lágrimas en el momento súbito.
Casi te llega el susurro de ese bullicio único del Bulevar Pasteur. “¡Taxi!”. Casi los oyes, casi los ves, casi te rozan... Casi... Los árboles coloniales siguen mirando las amplias avenidas, ancianas majestuosas llenas de paz. Y entonces, intentas recordar las horas mágicas. Las horas tangerinas.
La hora de la luz: Salir al balcón, desde donde tengo dominio de la curvatura del mundo, incendiado el horizonte entero de ciudad, y sentirme fortalecido por el torrente de luz que estalla en cada centímetro del paisaje. Es la hora de la luz. ¡Y qué luz maravillosa!. Cuando encuentra a los objetos, los despoja de la trivialidad. Los colores responden con una sonrisa inconsumible en las puertas azul cobalto, en las copas que la primavera llena de savia embriagadora, en el lomo de los vehículos de un rojo violento. Aquellos toldos ajados, que hace tiempo desnudaban sus hilachos con el azote del viento, resplandecen nuevamente, ondeando en súbitas perturbaciones como banderas de vida.
Las retinas no pueden con tanta luz. El papel es de un blanco escandaloso, donde las letras hierven al ser esculpidas. Son relámpagos invertidos, veloces destellos negros en el infinito. Y cada vistazo desde la altura, bastión majestuoso desde el que nace el mundo en todas direcciones, vuelve al sentimiento cargado de cromatismos extravagantes, de movimiento.
El bullicio se torna visible a esta hora. Es un remolino de harapos mágicos en el interior de una órbita enloquecida. Distingues apenas los hombres y mujeres que la conforman, disueltos como están en sus propios gritos, en sus propias risas. Si se detuviera el tiempo de súbito, en esta hora de luz, descubriríamos los senos del bullicio. Un niño pobre mordisquea el pan de los miserables, mientras su compañero se refresca con el agua de un charco, más brillante y exultante de belleza que un diamante; el taxista está enfurecido, y blasfema desde la boca desdentada a aquella mujer gorda vestida de verde; el policía conversa, risueño, con un amigo desarrapado, barbudo, grotescamente amistoso, apoyado en el bastón luminoso de madera podrida; dos muchachas caminan cuesta abajo, con sus carpetas repletas de oportunidad; un gato y una gata, entre los escombros de los que brotan penachos verdes, se aman... Un instante detenido en la hora de la luz... te embriaga ese tan olor tan familiar, esa estridencia que es como el mar, al otro lado de la colina brillante, mezclada con esos gritos, con las bocinas tontas de los taxis repletos, con las risas...
Es la hora de la luz, y el tiempo no se detiene. Discurre intrépido, se precipita, diáfano, por sobre el ruido. Se tiene la impresión de estar amamantado por una estrella blanca, poderosa como mil soles, que ni quema ni da frío. Los cabellos están musicalizados por el viento, y en derredor el mundo es un zafiro muy brillante.
El mar titila un millón de veces en cada poluta de azul. Es la hora de la luz, la hora espléndida. Las lágrimas de la belleza se dejan ver entre los destellos del mundo.
La hora de los pájaros: Estoy en mi ventana. Es la hora de los pájaros. El cielo florece en rojos pétalos de un incendio repetido y cambiante, y su hermoso rostro reposado se ve traspasado por cien mil sombras, negras y veloces. Los pájaros recorren el espacio a la velocidad del vuelo. Negras virutas aladas. Unos en pareja, otros en grupo, otros en solitario. Vuelan, vuelan como pájaros, pues son pájaros. ¿Quién sabe cómo verán su vuelo? ¿Lo apreciarán como yo lo deseo?
Vuelan piando, y el cielo se enrojece en su estallido silencioso. La brisa los mece apenas. Agitan sus alitas como moscas y luego planean, como premio a su esfuerzo. Y pían, y vuelan, veloces, raudos. No hago más que mirarlos en mi hora esperada, en la hora de los pájaros, cuando en el cielo estalla el rojo, y los pájaros, como meteoros veloces y descontrolados, sacan a pasear sus alas y sus cuerpos, mientras alguna gaviota planea, más arriba, sobre la brisa, sobre el piar incesante e histérico que llega a ráfagas a mi ventana, llena de paz.
Es la hora de los pájaros... ¡Qué felicidad poder mirarlos, tan contentos, tan rápidos, cuando cae la tarde. Vuelan sin rumbo fijo. Como si su única meta en la vida fuera la caricia del espacio airado a su cuerpo veloz y aerodinámico.
Es la hora de los pájaros... ¡Cómo disfruto mirándolos, piando mil veces, volando libremente, como amigos que salen de paseo por la órbita hermosa de una nube roja!
La hora del jazmín: Caminaba por las calles en una tarde de repentina primavera. Una brisa fresca se desanudaba en mi cazadora vaquera y besaba mis mejillas meciendo suavemente mis cabellos. Mi perro tiraba con fuerza de la correa en su incesante conquista urinaria.
Tánger se oscurecía suavemente. En el cielo espléndido las estrellas titilaban distantes. Eventualmente un escalofrío surcaba mi nuca y mi espalda, pero no me preguntaba el por qué, pues no me importaba. ¡Era tan agradable ese paseo con mi perro! Siempre el mismo itinerario, un itinerario delicioso que jamás me aburrió. Enfilaba la amplia avenida hacia arriba, viraba en la rotonda donde una palmera solitaria y enorme envejece viendo pasar años, gentes y culturas, y me dirigía hacia el Consulado Español esquivando a los últimos caminantes de la tarde. Antes de llegar, cruzaba la calzada -a esa hora surcada por coches que encendían perezosamente sus focos delanteros- para adentrarme en calles más oscuras y más solitarias, donde el silencio sobrevive a la metrópolis entre misteriosas conversaciones clandestinas procedentes de esquinas oscuras.
En ese Tánger clandestino, imagen misma de un niño que duerme sin saber que va a ser presa de las pesadillas, las calles se dejaban penetrar por las sombras crecientes. Algún coche surcaba cauteloso los baches de la calzada, mientras eventuales árabes pasaban, silenciosos y entroncados a las sombras crepusculares, a mi lado. El perro los olisqueaba en el cruce fugaz (tan efímero como un sueño) sin demasiado interés. Algunos musitaban un arrullo de palabras roncas, solo algunos, a los que ya no recuerdo, o a los que recuerdo como lo que fueron: columnas gibadas de sombra.
Emprendía mi regreso cuando la noche había encapotado la ciudad. Era la hora del jazmín. La sombra de los árboles viejos sugería pasado sobre el suelo y las fachadas. La calle era solo un retazo que se extendía sobre la luz azulada de las farolas pobres, y eventualmente, cuando los jirones negros de las alas del cielo se abrían por el cosquilleo del viento, la luna vertía su perfume de luz sobre las formas.
El jazmín de los patios, de las tapias y de otros orígenes misteriosos que se vestían de sombra, embriagaba la noche. La luna era un enorme y blanco jazmín extraordinario. Fue de estas discretas peregrinaciones al Belén de la noche, siguiendo como un pastor humilde la estela cuadrúpeda de mi perro, cuando descubrí de dónde procede el olor de la noche. En una confesión de la brisa y la sombra, supe que es la luna la que galantea perfumándose con estas deliciosas flores mágicas, que no son sino polutas de su blanca luz, sobre el tiempo azul y negro derramada.
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