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El genio en su rincón
Eduardo Jordá/22.11.2008/Diario de Sevilla/tangerexpress.

Conocí una vez a un hombre libre. Era escritor y había escrito algunos libros muy buenos, pero su gran mérito no era ése, sino vivir de una forma que mucha gente consideraba intolerable. Ese hombre vivía en los bares de Tánger, bebiendo desde la mañana hasta la noche. A veces se interrumpía, cogía una cuartilla y se ponía a escribir. Como es natural, aquel hombre estaba amenazado de muerte por los islamistas, pero él ni se inmutó. En un programa de radio le preguntaron si tenía miedo, y él contestó: "Los que quieran matarme ya saben dónde estoy. Cada día voy al bar Atlas. Pueden venir cuando quieran. Eso sí, les aconsejo que vengan de dos en dos. Siempre llevo un cuchillo encima. Y no pienso irme solo de este mundo".
Aquel hombre se llamaba Mohamed Choukri y murió hace pocos años. Murió de cáncer, en un hospital, porque quizá su valentía disuadió a sus enemigos de matarlo. Choukri no recibió elogios ni ganó dinero ni nadie le llamó nunca genio, pero me pregunto si hay una sola obra de arte comparable a la serena actitud de sentarse cada mañana en la misma mesa del bar Atlas. Y sin cuchillo, porque estoy seguro de que aquel cuchillo era una patraña.
La palabra "genio" está tan devaluada como los activos financieros de nuestro saneadísimo sistema bancario. Desde los tiempos de las cavernas, a los seres humanos nos ha gustado postrarnos ante el jefe del clan, el hombre poderoso y arrogante que hablaba con los espíritus y lanzaba el primer grito de guerra en el combate. Pero olvidamos a menudo que la verdadera grandeza es una condición secreta e íntima, casi siempre modesta y que suele actuar en silencio. El genio de verdad es un artesano que hace su trabajo y que ya está pensando en su siguiente encargo. Si alguien le hubiera llamado "genio" a Shakespeare, lo más probable es que se lo hubiera tomado como una alusión burlona, algo así como llamarlo "fenómeno de feria". Shakespeare no tenía tiempo para los halagos. Después de Falstaff, después de Ofelia y Hamlet, después del delirio de Lear, después de las manos ensangrentadas de Lady Macbeth, todavía tenía que encontrar la isla de Próspero.
Nos gusta llamar genio a Picasso porque no paró de trabajar y siempre estuvo en el lado "correcto" de la obediencia política, pero los verdaderos genios del siglo XX estaban huyendo hacia Port Bou, como hizo Walter Benjamin con una maleta llena de manuscritos, o se dejaban morir de hambre, como hizo Simone Weil para compartir los sufrimientos de sus compatriotas en la Francia ocupada por los nazis. Nos gusta llamar genio al triunfador que nos invita a una de sus fiestas, pero el verdadero genio está solo en un bar, con un cuchillo imaginario en el bolsillo, esperando la llegada de dos desconocidos.
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